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Domingo de Ramos en Jerez: júbilo de niños en la ciudad

Domingo de Ramos en Jerez: júbilo de niños en la ciudad

Domingo de Ramos en Jerez: júbilo de niños en la ciudad

Has amanecido alzando la mirada a los rascacielos de la memoria. A la desenvoltura de los sentidos. A la persuasión –nunca ambulante, jamás ...
abril 05, 2020
Domingo de Ramos en Jerez: júbilo de niños en la ciudad
Has amanecido alzando la mirada a los rascacielos de la memoria. A la desenvoltura de los sentidos. A la persuasión –nunca ambulante, jamás nómada- del reencuentro contigo mismo. Contigo misma. Es Domingo de Ramos. Domingo distinto y distante sólo en la distancia física entre los seres humanos. Entre los jerezanos de bien. Entre los cofrades de la ciudad.

Es Domingo de Ramos en las apuestas de tus recuerdos. Pero también es Domingo de Palmas en las propuestas de tus futuros. Nada devendrá lapidariamente. Nada aposentará sus vértices en los triángulos de lo bronco. De lo hosco, de lo adusto, de lo retraído. Nada pasará desapercibido. Pese a la imposición de este virus tan globalizado y tan enemigo. Para todos.




Hoy es Domingo de Ramos y no visualizarás las estopas de este Planeta Tierra tan aguerridamente insustancial. Porque es Domingo de Ramos de la unión. De la unión y la unidad contra el coronavirus. Hoy no tropezarás en barras con la compulsión del pensamiento único. Ni con la demagogia del runrún de fondo ni del trasfondo del más infame relativismo. Y no hablamos de política sino de la tónica general que venía afeando al hombre del siglo XXI.

Hoy comienzas una intrépida cuenta atrás: la que desmadeja los hilos de la mediocridad para hilvanar –sin frivolidades ni imposturas- el eco de tu peregrinaje por las callejuelas del testimonio. Callejuelas que lo son ahora de la memoria. De los recuerdos de otros Domingos de Ramos que creíamos idénticos y ahora sin embargo, confinados en casa, valoramos en calidad de su enorme distingo.

Es Domingo de Ramos en Jerez por y para los más pequeños. Veremos a niños por todas partes. Imaginaremos a niños, sí, por todos los espacios.

Por las prisas de un candelabro de cola ya apenas entrevisto a la vuelta de cualquier esquina. Por la luz de la mañana, por el silencio de la media tarde, por el nacimiento azul y blanco de la tarde…

Por las franjas inimaginables de una exquisita medida: la que mece el costalero entre el ritmo de sus latidos y la llamada –imponente, suave y sutil- del capataz. Y es que de nuevo estamos asistiendo a un parto de pañales tallados en madera. Estamos asistiendo a un parto de cruces esculpidas en devoción. Estamos asistiendo a un rito antiguo que suele renovarse a cada instante, como el vuelo rasante de la paloma de los tiempos…




Como la mirada retrospectiva de la niñez siempre latente. Puro Rilke: “La verdadera patria del hombre es la infancia”. Como la túnica que regresa a la percha del nerviosismo de las vísperas. Puro Romero Murube: Dios en la ciudad. Los niños y Dios. Los niños según Dios. Los niños y a fuerza de la Fe.

Es Domingo de Ramos en Jerez y el coronavirus nada derrota. ¿La sedación del olvido? ¿La proclama campeadora de Emerson: «El hombre grande, en medio de la multitud, sabe conservar la serenidad de la soledad»? ¿La salvaguarda -al menos aparente- del elixir de la eterna juventud? ¿La prisa? ¿La precipitación? No. La pandemia no ha vencido a la Semana Santa.

El Domingo de Ramos es la transustanciación de las generaciones familiares. El hábitat donde se hospeda el niño que siempre acunamos en nuestros adentros. Es el edénico pasaje nunca ancestral donde también moran los bebés del aquí y ahora. Los críos del siglo XXI. Ángeles custodios del presente revolero.

El Domingo de Ramos es el espíritu encendido y la inocencia despierta que reúne en un mismo jardín de infancia -de incienso y alpaca- a hijos y padres: todos entonces niños. La nana que sin embargo a todos nos espabila en la narración novísima del milagro otra vez fechado. El Domingo de Ramos es aquel paraje de la memoria donde todo ocurre para más inri. Porque en su longitud de veinticuatro horas, y entrecomillando el celebérrimo verso de Antonio Machado, «hoy es siempre todavía».

elmira

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