Historia de una madrugada de Córdoba (I)

Hablar de la Hermandad de la Buena Muerte es hablar de la Madrugada cordobesa. Es evocar al silencio más absoluto en la oscuridad de la noche. Un silencio solo roto por el inconfundible sonido del palio de la Reina de los Mártires que cualquiera podría reproducir en su mente con solo cerrar los ojos. La Buena Muerte es el último reducto de una jornada que, en su día, contó con la presencia de las cofradías del Nazareno y la Merced.




Sus orígenes se remontan a 1943, año en que un grupo de jóvenes de la alta sociedad, animados por el padre superior de los Jesuitas, José Fernández Cuenca, se decide a fundar la hermandad tras celebrar un Cabildo de Oficiales con el ilustre médico Enrique Luque Ruiz a la cabeza. La clase social a la que pertenecían sus miembros fundadores dio lugar a la fama elitista que tanto ha marcado a la corporación a lo largo de su historia a pesar de haber dejado de ser una de sus características principales pocos años después de su instauración como hermandad penitencial.

Independientemente de sellos y prejuicios, la joven hermandad comenzaba a dar sus primeros pasos y se afianzaba tan solo un año después gracias a la aprobación de los primeros estatutos por parte del entonces obispo, Adolfo Pérez Muñoz. Y así, terminadas las pertinentes gestiones, la cofradía se ponía manos a la obra con la búsqueda de las distintas piezas llamadas a convertirse en patrimonio pero sobre todo, del que sería su futuro titular.




Para ello, la corporación de San Hipólito se puso en contacto con el insigne imaginero sevillano Antonio Castillo Lastrucci, quien realizase la imagen del Santísimo Cristo de la Buena Muerte en torno al año 1945 bajo el requisito previamente establecido por la hermandad que, como se ha sabido, condicionaba al reconocido escultor a realizar una talla de evidente parecido con el magnífico Cristo de los Estudiantes que Juan de Mesa realizase para la capital hispalense en 1620. El motivo de esa petición no era otro que el que se encontraba tras la intención de establecer un vínculo con las primeras hermandades que se encontrasen bajo el título de la Buena Muerte, a su vez muy relacionadas tradicionalmente con la Compañía de Jesús.

Y así, cumpliendo con lo acordado entregaba Castillo Lastrucci su obra: un excepcional crucificado realizado en madera de cedro, de sublime estudio anatómico y elegantísima e indudablemente acertada sencillez. Una imagen en gran medida lograda gracias a la ausencia de las típicas potencias y corona de espinas que en ningún momento podríamos asociar al excelso titular de la Buena Muerte.

Tras algunos y para muchos desconocidos debates en los que algunos de los miembros incluso planteaban la idea de no fundar una hermandad de absoluto silencio, la cofradía se ponía por primera vez en la calle a la una de la madrugada del Viernes Santo de 1946. Ocasión en la que el Cristo ya se presentaba a los cordobeses sobre el severo paso que también ejecutase Castillo Lastrucci.

Estuvo caracterizada aquella primera salida por el nombramiento de uno de los hermanos de la corporación, José María Pemán, como pregonero de la Semana Santa cordobesa de 1946. Uno solo de los detalles con los que se desenvolvía en el universo cofrade la hermandad para nosotros sinónima de madrugada, trazando una serie de costumbres patentes en esta primera década de existencia como fueron la de realizar su recorrido por las calles más céntricas de la ciudad califal, haciendo su entrada en Carrera Oficial tan solo una hora y media más tarde de su salida. Despertando con su solemne caminar la atención y el interés por parte de otras cofradías, como la de Pasión que, en 1950 – con tan solo cuatro años de trayectoria – premiaba al entonces Hermano Mayor de la Buena Muerte con la medalla al mérito cofrade. Reconocimiento con el que la corporación del Miércoles Santo pretendía poner en valor el sello propio con el que las filas de San Hipólito conducían a su Cristo por las calles de la ciudad.

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