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El estilo y la iconografía de Juan de Mesa

A pesar del largo tiempo en el que ilustre nombre de Juan de Mesa cayó misteriosamente en el olvido, las retorcidas intenciones escondidas tras ese propósito fracasaron al fin afortunadamente gracias a los progresivos hallazgos de documentos y diversos datos con los que el imaginero cordobés recobró una más que merecida fama, producto sin duda de las grandes aportaciones que el envidiado artista dejó como herencia en la imaginería del Barroco, destacándose tanto en su producción cristífera como en la mariana y la hagiográfica.


A través de la primera de las temáticas mencionadas, Juan de Mesa se convertiría en todo un referente conocido por todos, con una gran colección de obras a su espalda llegando a realizar hasta diez crucificados en un período de nueve años – todos ellos para la ciudad de Sevilla con la excepción de dos, uno para Vergara y otro para Osuna –  una cifra más que considerable cuyo resultado logró ser realmente innovador aun manteniéndose fiel a la esencia del Concilio de Trento. En ellas, el imaginero consiguió imprimir una perfecta armonía entre la anatomía y la representación, con un personalísimo sello sin duda ligado al gran realismo y patetismo de estas, enfatizando incluso en la hinchazón de las líneas  y suscitando con este y otros elementos la emoción del espectador.

A todo lo mencionado previamente, habría que sumar otra de las características que diferenciaron al cordobés de los grandes maestros de la escuela sevillana como Martínez Montañés, Zurbarán o Velázquez, cuyos trabajos representaban a Cristo en la cruz con cuatro clavos – en lugar de los tres de Juan de Mesa – como signo de evidente fidelidad a las clásicas revelaciones de Santa Brígida.




Sin embargo, dentro de la temática cristífera del reconocido imaginero, ocupa también un lugar destacado la figura del nazareno, enfocada en la tradición sobre la visión de Isaías, y cuyas obras culmen son sin duda el veneradísimo Jesús del Gran Poder y el Jesús Nazareno de La Rambla, ambos en una mezcla de gran fuerza expresiva barroca en su conjunto – enfatizada por ejemplo en elementos como la notable zancada – en conjunción con un gesto de dulzura que, no obstante, sigue marcando la distancia artística entre el estilo de Juan de Mesa y el del que fuera su maestro, Juan Martínez Montañés.


Dentro de este grupo, faltaba una representación también indispensable: la de Jesús yacente, dejando como legado una obra tan notable como la conservada en la iglesia hispalense de San Gregorio. En ella y en su admirable rigor mortis, el cordobés dejó la huella de su indiscutible y reconocidísima destreza. Aun con esta extensa producción con la que Juan de Mesa se ganó sobradamente el reconocimiento colectivo, su legado artístico no estaría completo sin el tema de la resurrección de Cristo, para el que podemos tomar como único ejemplo – al menos hasta la fecha – a un desconocidísmo caso: el de la talla de su autoría conservada en la Capilla Sacramental de la iglesia parroquial de San Vicente Mártir en la localidad sevillana de Tocina.

Por otra parte, no tendría sentido hablar de Juan de Mesa sin acercarse a analizar sus representaciones marianas, tanto por su incuestionable calidad como por su éxito en una época en la que, además, las atenciones puestas en la figura de María sirvieron para que el pueblo se viera en la necesidad de hacer materializar esa devoción, encontrando en la imaginería el medio idóneo y convirtiendo con ello a la Santísima Virgen en objeto de grandes e interminables polémicas.

En este contexto fue en el que nuestro admirable imaginero dio forma a temas marianos que oscilaban entre Vírgenes con Niño, Inmaculadas, Vírgenes del Rosario y Asuntas entre tantas otras. Aunque sin ningún género de duda, las más famosas y comentadas fueron sus dolorosas y, cómo no, en particular el tema denominado “Virgen de la Soledad” o “Angustias”.



Como es evidente, al igual que hablar de Juan de Mesa es hablar de Jesús del Gran Poder, es igualmente forzado hacerlo sobre la cordobesa Virgen de las Angustias que en su día el notable escultor realizase para el Convento de San Agustín de su ciudad natal, la cual ha sido calificada en numerosas ocasiones como la obra más importante de la imaginería barroca y  por ende también considerada el grupo escultórico más valioso de la Semana Santa de Córdoba, convirtiéndose asimismo en el orgullo de la ciudad califal.

Como bien sabemos y nos hemos encargado de recordar en ocasiones anteriores, las tallas de Nuestra Señora de las Angustias y el Hijo muerto en sus brazos – de 1,56 metros de altura – fueron el fruto de un encargo realizado a Juan de Mesa por parte la hermandad, establecida en el Convento de San Agustín, mediante el Provincial de los Agustinos, y que hasta entonces había rendido culto a la imagen representada en un lienzo. Con la ejecución de la que sería su última obra, se consagraba definitivamente el insigne imaginero, dejando a su Córdoba natal el impresionante y sobrecogedor conjunto conformado por la Santísima Virgen que, abatida, contempla el cuerpo sin vida de su Hijo.


A pesar de la composición actual con la que estamos acostumbrados a contemplar al grupo escultórico desde hace tiempo, lo cierto es que siempre ha existido un debate en torno a cuál sería realmente la posición concebida para la imagen de Cristo. Tal y como José Hernández Díaz defendió en el pasado y en contraposición a la práctica del presente, la cual al parecer se apartaría del modelo tradicional, la imagen de Cristo debería estar colocado en línea diagonal con respecto a la Madre, descansando el brazo y la cabeza en sendas rodillas. De este modo, cobrarían completo sentido algunos detalles como la dirección de la mirada de Nuestra Señora de las Angustias y la pose de sus rodillas, teniendo en cuenta que estas se encuentran a distinta altura.




Al igual que la anatomía y la expresividad que irradia el Cristo muerto en la escena compuesta junto a la Virgen de las Angustias podría perfectamente alzarse como un ejemplo irrefutable del dominio de Juan de Mesa sobre la iconografía cristífera, es necesario detenerse a estudiar detenidamente la imagen del magnífico Jesús Nazareno de La Rambla, de inmenso valor artístico y siempre a la sombra del Señor de Sevilla. Posiblemente la devoción y la admiración que a lo largo de la historia ha suscitado el nazareno sevillano en detrimento del realizado para la localidad cordobesa se deba, en gran medida, a que estos últimos encargasen el suyo en 1621 – un año después de la hechura del hispalense – tras haber sido conocedores del renombre y la veneración alcanzados con Jesús del Gran Poder, lo que incentivó que los rambleños solicitasen al escultor un nazareno de similares características.

Al margen del fervor, de las preferencias particulares e incluso de las semejanzas entre ambos, no en pocas ocasiones el Nazareno de La Rambla ha sido considerado por los entendidos como una versión perfeccionada del Señor del Gran Poder. La talla rambleña, conservada y venerada en la Iglesia del Espíritu Santo, es de dimensiones superiores a las del Señor de Sevilla, alcanzando los 1,93 metros de altura. Tradicionalmente se ha comentado un supuesto especial interés por parte de Juan de Mesa en la mejora de este segundo nazareno salido de sus gubias, como una muestra de extrema consideración con sus paisanos. Una teoría que se posteriormente se dedujo de la hechura del Nazareno de la Rambla, pues en este caso – y a diferencia del sevillano y otras imágenes de vestir, que solo tenían acabados cabeza, pies y manos –  el imaginero tomó la determinación de realizar una talla completa con respecto tanto al cuerpo como al sudario, atendiendo a la necesidad de encarnarlo y pintarlo con todo lujo de detalles.