Así enterraban a sus muertos las cofradías penitenciales del siglo XVI

La mayoría de las reglas más antiguas de nuestras hermandades de Semana Santa que hoy se conservan, fueron redactadas en el siglo XVI, después de la crisis espiritual que provocó la Reforma protestante con la que el Renacimiento llegó a su culminación. Al margen de sus estaciones de penitencia, tales estatutos reglamentan actividades puramente cultuales, aunque también rezuman unos valores de naturaleza asistencial, preñados de un ideario espiritual que vindica clemencia y compasión. Constituyen todo un ejemplario de las obras misericordiosas con las que poder ayudarse entre los propios miembros de una misma cofradía. Ese solidario espíritu asistencial es herencia de aquellas cofradías gremiales del medievo. Una parte importante del articulado de aquellos reglamentos, cuidan la buena muerte de sus hermanos y el auxilio espiritual de la salvación de su alma. Esta preocupación, originó que se legislasen algunos detalles del ceremonial fúnebre y determinase, al mismo tiempo, el papel que había de jugar la hermandad en la despedida postrera. Todo este patrimonio documental de nuestra ciudad, tan desconocido, se nos revela como una fuente imprescindible para conocer el comportamiento y la actitud de los cofrades sevillanos ante la muerte.



Un buen paradigma son las reglas del Silencio, redactadas por Mateo Alemán en 1578. Contienen algunas directrices sobre el derecho que le asistía a cada miembro de la Primitiva de los Nazarenos, de ser enterrado por su propia hermandad. «Que en nuestros entierros –refieren las Reglas– asi a los oficiales como a los de demas hermanos y hermanas nos acompañen con nuestra insignia y cera y con tres capellanes los quales nos digan en cuerpo presente tres misas a cada un hermano, una cantada y las otras dos rezadas, a costa de la dicha cofradía». Además, define cómo habría de proceder el cofrade que asistiese al entierro de un hermano suyo. El prioste repartía la cera a los hermanos, y uno de los alcaldes señalaba las personas que llevarían las andas del difunto hasta la iglesia donde se enterrase. Establece el orden protocolario por el que habían de portarse «lumbres encendidas hasta la iglesia donde el tal Entierro se hiciere». Prosigue, especificando que «no saldran de alli hasta que el tal hermano quede en el lugar de su sepultura, asistiendo a la vigilia, misa y responso encendiendo sus lumbres a los tiempos ordinarios».



Otras ordenanzas anteriores a esta, las de la Soledad de San Lorenzo, fechadas en 1557, prescriben, en un hermosísimo pasaje, cómo había de formularse ese acompañamiento al hermano moribundo en el trance final, así como el modo de materializar el enterramiento de sus hermanos, sus propias mujeres y hasta el de los sirvientes que tuvieran, debido al elevado poder adquisitivo de muchos soleanos. Trata uno de los capítulos sobre la celebración que se había de hacer por los difuntos, cada 2 de noviembre, conocido entonces, según las reglas, como día de «los finados», y montaje de un pomposo túmulo, con motivo de las honras generales que la hermandad estaba obligada a celebrar, por el ánima de sus cofrades difuntos, en la festividad de «Tosantos».



El Muñidor

Aquellas antiguas reglas formulan cuál es su cometido y hasta cómo había de ser su atuendo. Era un empleado de las hermandades, cuya presencia se constata en el seno de ellas desde la Edad Media. Entre sus desempeños figuraba el extender las convocatorias de los cabildos, tramitar el acceso de nuevos hermanos, pedir limosnas, y todas las diligencias relacionadas con la defunción y funeral de los hermanos. Pregonaba el fallecimiento de los cofrades entre sus hermanos, acudía a buscar al cofrade difunto con su campanilla en mano, acarreaba las velas de los sepelios, las andas, e incluso, en algunas hermandades, era hasta el encargado de abrir la sepultura. Nos viene a la mente la recreación del mítico personaje que la hermandad de la Mortaja lleva en su cortejo, desde 1942, inspirándose en las Reglas que les aprobó el Consejo de Castilla, a finales del siglo XVIII. Una estampa muy didáctica que nos ayuda a entender lo importante que fue el papel de los muñidores en siglos pasados, y que todavía mantienen vivo en la actualidad instituciones como la Santa Caridad.

abc

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