Jesús Despojado de Sevilla gana 3 minutos de Paso en el 2020

La sacralización del espacio público de Sevilla

Cuentan los cronistas de la ciudad que Sevilla estaba saturada de cruces en los siglos del Barroco. Todavía en tiempos de la Ilustración, en el mapa topográfico de Sevilla levantado por Francisco Manuel Coelho en 1771 según el encargo del asistente Olavide, se podía constatar la masiva presencia de cruces en numerosos rincones de la ciudad. Eran de todo tipo. Las había de término, para delimitar zonas o collaciones, podían presidir los cementerios que existían junto a las parroquias; en algunos casos podían recordar un suceso importante de la historia local o, caso muy habitual, podían recordar los numerosos lugares que sirvieron de enterramientos públicos. A esta masiva presencia de cruces, de madera, orfebrería, piedra o cualquier otro material, se unía la costumbre de colocar por las paredes las llamadas “tablillas de homicidios”, unas sencillas cruces para indicar un asesinato. Así lo refiere Álvarez Benavides en el siglo XIX, lamentando que en 1868 ya se vivía un proceso de eliminación de esta masiva presencia. “Contadas son las cruces que restan denunciando este tipo de crímenes, con el rótulo de ordenanza Aquí mataron a un hombre, rueguen a Dios por él…” Venía a indicar el cronista que era prácticamente imposible desplazarse por la ciudad si el paseante seguía las indicaciones de rezar en cada una de las cruces que podía encontrarse en calles y plazas. Una sacralización del espacio público que comenzó a controlarse con las disposiciones del asiste Pablo de Olavide en 1769 y que vivió una profunda depuración con las disposiciones de los ayuntamientos del siglo XIX y de la Revolución Gloriosa de 1868. El cambio también afectó a los nombres de las calles, que en estos tiempos comenzaron a perder muchos de sus nombres históricos para ser sustituidos por políticos de la época: O´Donell, Castelar, García de Vinuesa…sustituyeron a nombres relacionados con gremios, comunidades o incluso “apodos” cuyo origen se perdía en la memoria de los tiempos.



En el siglo XX, superada la tendencia de la República y de la dictadura franquista de cambiar el nombre de las calles como glorificación de sus propios intereses, los ayuntamientos democráticos parecen caer en las últimas décadas en un sutil juego de conceder calles a advocaciones o a personas relacionadas con la Semana Santa, incluyendo a destacados miembros de clero. Una tendencia en la que no faltan intereses de notoriedad por parte de los representantes del poder de turno (desde el poder político al religioso, pasando por los dirigentes de las hermandades), olvidando en muchas veces la importancia del nombre sustituido, la posibilidad de colocar el nuevo nombre en calles de nueva creación o, simplemente, la discutible necesidad de algunos reconocimientos, especialmente cuando nos referimos a advocaciones de hermandades.  Igual que en el siglo XVII no se podía transitar por la ciudad sin pasar ante numerosas cruces, hoy parece tarea heroica no transitar por una ciudad que cada vez más se parece al programa de mano para guiarse por la Semana Santa.

Vayamos por partes y analicemos desde dentro. ¿Son necesarias para la devoción que aparezcan nuevas calles dedicadas a Imágenes Titulares? ¿Acaso son más universales el Señor de la Sentencia o la Esperanza de Triana por tener una calle? Muy posiblemente no, pero entran intereses ajenos a la devoción para rotular calles con nombres de imágenes, intereses que nada tiene que ver con una fe heredada de siglos y que se plasma en las propias tallas y en su presencia, tanto en el templo como en la calle. ¿Somos conscientes que la meritoria labor de un capataz o de un vestidor se relativiza si salimos de nuestro endogámico mundo de la Semana Santa frente a miles de actividades que también engrandecen la ciudad? ¿Es necesaria la fragmentación de vías históricas con la inserción forzosa de nuevos nombres, habiendo vías de nueva creación o calles en el extrarradio que cargan con nombres prescindibles?

Nadie discute la aportación de nombres como el cardenal amigo Vallejo, del párroco Eugenio Hernández, de Rafael González Serna, de los Garduño, del capataz Luis León o de la saga de los Ariza. Larga gloria y todo el reconocimiento. Sí son más discutibles que se borren de la historia de la ciudad nombres de peso histórico como el del Arcediano Vázquez de Leca, personaje fundamental para entender la Sevilla del siglo XVII y cuyo nombre, puro analfabetismo histórico contemporáneo, ha sido borrado de un plumazo. ¿Nadie es consciente de que hay en Sevilla calles dedicadas a Hong Kong, a Tailandia, a Afganistán, a la Acedía, al Milano Plomizo o al Mejillón? ¿Acaso no merecen un nuevo nombre que puede ser el de tantas personas que han aportado tanto a la Semana Santa? ¿Hay que esperar a que el Instituto de Estadística desaconseje el cambio de nombre de las calles para frenar unos cambios que implican numerosos problemas de tipo administrativo?







Es el modelo de ciudad. Es la valoración del centro frente al desprecio del extrarradio. Es el desconocimiento de la Historia. Es el olvido de la memoria de los nombres que el pueblo consolidó y aceptó como suyos. Es el desprecio al pasado. Es la falta de miras hacia un futuro en el que alguien puede señalar a esta época como un tiempo de peligrosa convivencia entre los poderes fácticos y el poder de algunos sectores dirigentes de las hermandades, algo que ya ocurrió en repúblicas, monarquías propias, monarquías invasoras, dictaduras y democracias  Es el uso de la Semana Santa como una moneda de compensación de favores, como una imposición contra la que nadie se atreve a levantar la voz en una ciudad, Sevilla, donde triunfan los que mejor saben gestionar el silencio. Y no se engañen. Y no manipulen. Hablamos desde dentro. Decía chaves Nogales que los principales enemigos de la Semana Santa eran “el cardenal y el gobernador, el representante de la Iglesia y del Estado. El buen capillita se pasa la vida hablando mal de ellos y protestando contra sus decisiones”. Hoy tendríamos que mirarnos mucho más adentro. Y protestar menos en las barras de los bares…