La histórica granizada que recibió la Exaltación hace 200 años

Dos siglos después la historia ha vuelto a repetirse. Aunque no ha sido exactamente igual que entonces, el agua ha vuelto a manifestar su presencia el día de la salida procesional de la hermandad de la Exaltación. Hace 200 años, procesionaba la tarde del Viernes Santo y entonces la hermandad pudo consumar un tramo de su itinerario penitencial. Pero este año, que ya lo hace el Jueves Santo, ni tan siquiera ha podido salir. Y eso que, entre las escenas más importantes que iban a vivirse durante la jornada, se suponía bastante atractiva la recuperación de salida del Cristo de la Exaltación y la Virgen de las Lágrimas desde Santa Catalina. Una estampa que no se repetía desde hacía quince años, después de unos largos y eternos catorce de obras. De hecho, muchos niños y jóvenes nazarenos nunca habían conocido un momento igual, después de que la hermandad hubiese mantenido su residencia canónica todos esos años en San Román.






Curiosamente, el Jueves Santo estacionan en Sevilla varios pasos que completan escenas de los misterios dolorosos del santo rosario (Oración en el Huerto de los Olivos, Flagelación, Coronación de espinas, Jesús con la cruz a cuestas y la Crucifixión y Muerte de Nuestro Señor). Y el de los Caballos metaforiza uno de los pasajes más sublimes y determinantes del santo rosario. Además, ha logrado perpetuar en el tiempo todo el dramatismo barroco con el que fue concebido a finales del siglo XVII, cuando Luis Antonio de los Arcos talló algunas de sus imágenes en el taller de la familia Roldán.

Hoy, lo que sí ha perdido esta hermandad ha sido su adscripción de identidad al barrio, pues con el paso de los años la idiosincrasia y arraigo de la collación ha ido diluyéndose muy paulatinamente. Sin embargo, durante muchos años fue una auténtica y carismática cofradía de barrio; del de Santa Catalina. Así era cuando el Viernes Santo, 9 de abril de 1819, narra el cronista Félix González de León, que salió en procesión y una gran tormenta descolocó todo el cortejo. Aquel año, la Semana Santa estuvo marcada por una insistente pluviosidad. Tampoco habían salido las cofradías de la Madrugada porque comenzó a llover a la misma hora de iniciar sus procesiones.


Pinturas del ibro de reglas de La Exaltación

La tarde del Viernes Santo de aquel año, la Exaltación salió. Empezó a lloverle a la altura de la Cerrajería, por Sierpes, y se apresuró a desfilar con mayor celeridad. Se hallaba el paso de misterio en medio de la Avenida de la Constitución, conocida entonces como calle Génova, cuando comenzó a granizar con una intensidad bastante desorbitada. Fue tanta la lluvia que cayó, en tan poco espacio de tiempo, que se inundaron las calles aledañas. Los cofrades que formaban el cortejo no podían seguir y se las vieron y desearon para cruzar hasta la esquina de la Punta del Diamante. Finalmente, consiguieron introducir el paso del Señor en la catedral. Pero la imagen se mojó muchísimo. La cofradía, que hasta aquel punto del recorrido venía muy bien organizada, se desordenó por completo. El desbarajuste terminó con el paso de palio en el convento de San Francisco, que ocupaba el espacio de lo que sería, tras su derribo en el siglo XIX, la futura Plaza Nueva.

El aguacero duró más de una hora. Cuando cesó, pudieron juntarse los cofrades y entonces organizaron una reunión para continuar la procesión. Pero los canónigos les ofrecieron a los hermanos de la Exaltación que se quedasen dentro del templo catedralicio. Se agruparon los nazarenos y fueron a San Francisco para traer el paso de la Virgen a la catedral. Ambos pasos lo colocaron delante de la puerta de San Cristóbal, donde quedaron instalados con hachones con cirios. Y allí permaneció cuatro días más hasta que el martes de Pascua de Resurrección, día 13 de abril, se dispuso el retorno hacia Santa Catalina.



Traslado desde la Catedral

Terminada la Semana Santa fue cuando se dispuso la procesión de regreso. Para ello, la hermandad invitó a todas las cofradías que salían en Semana Santa, así como a la hermandad Sacramental de su parroquial, y personas distinguidas de la ciudad. En la parroquia del Sagrario se citó a todo el personal a las 3 de la tarde, hora canónica del «Magníficat de vísperas». La procesión dio la vuelta a la catedral, pasó por la nave de la Antigua y salió por la Puerta de San Miguel.

Lo recogió así don Félix González de León, en su crónica del año 1819: «Salió la procesión acompañando el cabildo de la catedral hasta la puerta de San Miguel, frente de la cual se pasaron los dos pasos pareados, y se volvió a cantar las antífona y oración Regina Coeli. Después siguieron los pasos por medio del cabildo hasta llegar a su Cruz patriarcal, que estaba parada frente de la puerta grande, donde se volvieron los pasos hacia el cabildo y los incensaron los acólitos. Al instante, se entonó la antífona Santa María y los canónigos se volvieron cantando a su Iglesia mayor, en cuyo altar concluyó el acto con la oración de la Virgen, propia del tiempo litúrgico».

El itinerario de vuelta se hizo por la Avenida de la Constitución –antigua calle Génova–, Plaza de San Francisco, Sierpes, Cruz de la Cerrajería, Cuna, Plaza de la Encarnación, San Pedro y Santa Catalina. Asistió muchísimo público. El cortejo lo abría una tropa de infantería y dos clarineros. Le seguían dos estandartes, el de la Carretería y la Exaltación. Después iba una Música, seguía el cuerpo de hermanos de ambas hermandades con velas, y cirios encendidos. Detrás dos simpecados, el de Santa Catalina, y el blanco de la Carretería, que empleaban en la procesión de Resurrección. Junto a estas insignias iban miembros de la Junta de estas dos corporaciones con varas. Le seguían representaciones de la Lanzada, la Cena, Santísimo Sacramento de Santa Catalina con cera roja, y cofrades de la Sacramental con varas. Un grupo de música de capilla, seis colegiales con hachas de la catedral y el paso de la Virgen, en primer lugar. Tras la Señora, la Cruz parroquial, una representación de los frailes de distintas órdenes religiosas y personalidades invitadas al acto, un grupo de música de la catedral, otros colegiales con hachas, Junta de Gobierno de la Exaltación, mayordomos de la fábrica catedralicia y el paso del Señor, luciendo faldones blancos, al igual que el de la Virgen. Cerraba el cortejo el clero, miembros de la justicia y una banda militar de música con tambores.

Después de la procesión hubo un refresco para los músicos y ministros eclesiásticos que habían participado en ella, a quienes llevaron a la catedral en coches de caballos. Era costumbre del cabildo de la catedral regalar, en este tipo de procesiones, la cera de los pasos y las doce hachas que acompañaron el séquito a beneficio de la hermandad. Las calles estuvieron engalanadas y los balcones revestidos con colgaduras, tal como se pidió desde el Ayuntamiento mediante la publicación de un bando municipal un día antes, cuyo anuncio se hizo por las calles con música.



Afinidad con la Carretería

La Carretería, que en aquellos años realizaba su salida de Madrugada, festejaba la Resurrección con una procesión triunfal de Pascua, terminada ya la Semana Santa. Tanto el simpecado blanco como el estandarte de la hermandad de las Tres Necesidades, popularmente conocida como la Carretería, se quedaron en Santa Catalina, el día que se verificó la traslación desde la catedral. Cinco días más tarde, el domingo 18 de abril de 1819, la Carretería organizó el traslado de sus insignias corporativas, rezando el rosario por la noche, desde Santa Catalina hasta su sede. La hermandad de la Exaltación se sumó al traslado de las insignias, junto a la Carretería, con el acompañamiento masivo de un buen número de cofrades de ambas instituciones que llevaron cirios. No mantenía entonces la Exaltación las mismas relaciones con la hermandad de las Cinco Llagas y Sagrado Decreto de la Trinidad, contra la que mantuvo una disputa judicial para que esta última variase su día de salida procesional y no se interfirieran una con otra.

abc

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