Hermandad de las Benditas Ánimas

Desde los inicios del Cristianismo, los fieles han concedido cierta importancia al mundo de los difuntos, creando espacios de recogimiento, celebración y honra a sus seres queridos ya fallecidos como las catacumbas romanas o los cementerios actuales. A través de un pequeño ritual se rememora y se pide protección para ellos. Este hecho determina la propia esencia del ser cristiano, ya que Jesucristo murió por la humanidad y resucitó, venciendo a la poderosa muerte. Tras el fallecimiento, ese tránsito material, podemos llegar a alcanzar la gloria del Padre y liberarnos de todos los pecados, pero para que pueda llegar ese momento hay que pasar previamente por una purga tanto física como mental de todas las faltas cometidas. Es ese periodo indeterminado el que pasan las almas dentro del Purgatorio para limpiarse. A lo largo de los siglos se instaura un culto dedicados a aquellos que no están y se desarrollan múltiples manifestaciones artísticas a lo largo de los siglos.
Las representaciones de las ánimas benditas proliferan a partir del siglo XVI, donde la parte superior representaba a la Gloria y la parte inferior a las almas que habían de ser liberadas de sus culpas. Iconográficamente se representaban las ánimas entre las llamas, desnudas, mirando al cielo, con las manos juntas en actitud suplicante. En la parte superior aparece Cristo, la Virgen María en alguna de sus advocaciones o algún santo como San Miguel.

Una de las consecuencias directas del Concilio de Trento (1545-1563) fue la consolidación de las cofradías, altares y capillas que rinden culto a las ánimas benditas o del purgatorio en toda la geografía española, como la cofradía sevillana fundada en 1554. A través del sacrificio de las misas, oraciones, ayuno, limosnas y otras buenas obras, podían liberarse algunas de las almas atrapadas. Por eso, la mayor parte de las actividades que realizaban las hermandades de Ánimas se encauzan a la realización de diversas diligencias para sufragar los gastos de las numerosas misas que se le ofrecían. También se levantaron altares o capillas en honor a las ánimas y se les cantaba canciones o se contaban leyendas.
Estas hermandades o cofradías contaban con varios cargos de gobierno, destacando el presidente, el mayordomo o animero mayor al frente, el secretario encargado de llevar las cuentas, el fiscal que acusa y aplica el reglamento a los infractores, los mentores que emiten su juicio en asunto dudosos y el delegado encargo de nombrar a los legados necesarios para las honras fúnebres. Después se encontraban un extenso cuerpo de hermanos.
En Estepa existieron varias corporaciones religiosas con el título de Ánimas Benditas. La más antigua fue fundada en la parroquia de San Sebastián, aunque parece ser de las más antiguas no se conoce su fundación exacta. La corporación es citadas en unas cuentas de fábrica de las parroquias estepeñas correspondientes al año 1625, en las que aparece como receptora de limosnas procedentes de dicha fábrica. Dos años antes, en 1623, hay un repartimiento de gastos en la fiesta del Corpus “a todas las cofradías de esta villa” en el cual no aparece la de Ánimas, por lo que es posible que su fundación pueda situarse entre ambas fechas. Esta cofradía se vio exceptuada de la real orden que suprimía las cofradías estepeñas en 1790, y continuó existiendo, al parecer con bastante vigor, durante buena parte del siglo XIX, como lo prueban unos autos seguidos contra su hermano mayor, el presbítero don José Mª de Reina, el año 1846 en razón de la aprobación de las cuentas de dicha corporación. En dichos autos se define a la hermandad como “una asociación de personas piadosas que ejercen sus caritativos oficios a favor de las almas de los difuntos”.
La cofradía edificó una capilla propia en la iglesia de San Sebastián a comienzos del siglo XVIII, a expensas del presbítero estepeño don Pedro Salvador de Reina, quien hizo donación de la misma a la cofradía. En la capilla estuvo un magnífico cuadro de Jesucristo Crucificado representando los siete sacramentos en los siete ríos de sangre que salen de su costado”, típica representación de Cristo como Fuente de la Vida, fechable en el siglo XVIII. A mediados del siglo XVIII se levantó un retablo de factura ecijana, dividido en tres calles y rematado con un medallón en relieve representando a San Pedro, en recuerdo del fundador de la capilla. Las calles separadas por cuatro estípites y en su pedestal un ángel en cada una (de los que se conservan sólo dos). En los laterales Santo Domingo y Santa Rita, y en el centro una hornacina con la imagen de Jesucristo Crucificado, obra del escultor antequerano Diego José Márquez y Vega, levantado en su origen en medio de un grupo de figuras rodeadas de llamas que no se conservan. La capilla representaba fielmente a las Benditas Ánimas según el cano fijado a finales del XVI: las ánimas son liberadas por ángeles y ofrecidas a Cristo, siendo representadas como cuerpos abrasados por el castigo del fuego y anhelantes de la remisión de sus pecados. En las pechinas de la cúpula de la capilla, queda representado el símbolo de la muerte, en forma de calaveras sobre tibias cruzadas, decoración propia de este tipo de capillas.



Otra cofradía de Ánimas existió en Estepa, de la cual hemos tenido noticia a través de unos autos dirimidos ante el Vicario Andújar a comienzos del año 1696; según consta en dichos autos, la cofradía era de reciente fundación y se había instituido en la iglesia del convento de La Victoria de Estepa con el título de Hermandad de Ánimas de San Francisco de Paula por un grupo de personas seglares y los religiosos mínimos, cuyos miembros seculares pagaban de limosna dos maravedís cada viernes del año y la comunidad se obligaba a asistir al entierro de los hermanos con el estandarte de la cofradía y seis frailes. Por otra parte, una lista de las cofradías estepeñas existentes en 1705, recoge dos corporaciones con el título de Bacineta de las Ánimas, sitas respectivamente en las ermitas de la Vera Cruz y Santa Ana; tanto estas dos hermandades como la anterior es muy posible que tuvieran una existencia efímera.
Durante el siglo XIX desaparecen las referencias a la cofradía de las Ánimas Benditas. Se conoce que el 10 de marzo de 1801, Carlos IV, por Real Decreto, aprobó las reglas de la Hermandad de Jesús Nazareno con la condición de que la hermandad quedase unida a la de la Sacramental y Ánimas de la Parroquia de San Sebastián. Aunque la corporación pudo existir en un principio con independencia a la hermandad del Viernes Santo, como demuestra el dato comentado anteriormente de 1846, finalmente quedaría agregada a la de Jesús Nazareno. A finales del siglo XIX y durante el XX, la capilla llegó a ser capilla bautismal de la parroquia. El 6 de febrero de 1957, un grupo de jóvenes estudiantes de Estepa fundaron la Hermandad de Los Estudiantes y tomaron como titular al crucificado que presidía el retablo de las Ánimas, dándole la advocación de Stmo. Cristo del Amor. Actualmente acoge también la imagen de Mª Stma del Valle y de Ntro. Padre Jesús Cautivo y Rescatado.



Fuente y artículos relacionados:
-Hermandades, cofradías y otras corporaciones religiosas no penitenciales en la Estepa de la Modernidad. Jorge Alberto Jordán Fernández. Miscelánea Ostipense. Estudios sobre historia de Estepa. 2013