Jesús Despojado de Sevilla gana 3 minutos de Paso en el 2020

1934

Hace pocas fechas llegó a mis manos una fotografía de la portada del periódico ABC, del 28 de marzo de 1934. En ella se retrata una escena del Domingo de Ramos sevillano; saliendo de la iglesia de San Jacinto, una multitud expectante abarrota las calles esperando la salida del paso de Nuestra Señora de la Estrella. Sin duda era un gentío lleno de ilusión. No debemos olvidar que en aquella España convulsa llena de tensiones de toda índole; políticas, económicas, sociales, la propia Semana Santa vivía una era de zozobra; sólo baste recordar que en el año anterior ningún paso había acudido a su cita con los creyentes; y en el año 32 del siglo pasado sólo la cofradía de la Estrella pisó el suelo de la ciudad hispalense. Muchas Hermandades se quedaron en casa ante la inseguridad reinante, o directamente porque su patrimonio, incluidas imágenes, había sido destruido.



La instantánea es un documento histórico que creo retrata un hecho que va a más de la primera impresión; pues no se trata de discutir los sucesos históricos que imposibilitaron a las Hermandades y Cofradías de toda España dar culto, como es debido, a las distintas advocaciones de las que eran custodios. Aquellos hombres y aquella sociedad tenían convicciones muy fuertes que sin duda no se aprecian en sus descendientes de nuestro tiempo donde la filosofía de la modernidad liquida y la posverdad imperan en nuestras relaciones sociales. Pero cuidado, hablamos de convicciones religiosas; la persona que tenía inquietudes políticas en aquella España podía tomar partido por cualquier partido, fuera más o menos radical, más o menos afecto al poder; las gentes de las que estamos hablando tenían una misión para ellos insoslayable, tenían un anhelo de permanencia, y conocían que eran un eslabón de una cadena entrelazado con generaciones que les habían precedido, y se consideraban transmisores para la posteridad de un legado; un legado sacro y de hermandad. Hemos hablado de gentes que sabían que un culto a una advocación, cristalera o mariana, no un ejercicio lúdico es un compromiso con la eternidad y con la Trascendencia. Ese culto, esa oración que hace el cofrade hacia Dios con nuestra manera de hacer y de actuar como pueblo es con mucho superior a cualquier contingencia política, y por eso nunca debe ser mediatizada por hechos que estén fuera de su propio devenir.



Viendo esa foto no podemos sino admirar lo que es un gesto, no de temeridad ni gallardía, sino de profundo amor a unas advocaciones que significaban en la existencia de aquellas personas algo que lamento decir es inimaginable para muchos de los que nos denominamos cofrades. Ese amor que no se manifestaba en postureos y gritos histéricos alabando la belleza de una virgen, sino que se ponía sobre el tapete jugándose la seguridad personal o de su propia familia. Creo que esa es la lección que debemos entresacar de aquella foto y de la historia que tras ella entrevemos. Somos depositarios de legados, algunos centenarios, que no debemos pervertir en el sentido de cambiar su esencia; nos han regalado un misterio que es el del amor y la oración inserta en una tradición única que no debe significar anquilosamiento, sino todo lo contrario, una continua revitalización de lo mejor que nos has dado nuestros mayores.