La coronación popular de la Macarena



Las primeras décadas del siglo XX, en el mundo de las cofradías de Sevilla, tuvieron nombre propio: Juan Manuel Rodríguez Ojeda. Entre las obras más destacables, aquel palio que vendió la hermandad de la Amargura a Desconsuelo de Jerez o el conjunto de palio y manto para la Virgen de la Presentación del Calvario. Puntadas siderales en el firmamento que compiten con los motivos historicistas de un techo insuperable cada madrugada de Viernes Santo.



Pero si hay una hermandad donde Rodríguez Ojeda dejó más profundamente grabado su sello fue, sin duda, en la Macarena. A principios de la segunda década del siglo pasado, por ejemplo, consigue que su diseño sea el elegido para elaborar una presea que vendrá a incrementar el patrimonio de la hermandad. Ejecutada por Joyería Reyes y, con la colaboración del grabador Luis Bracho, la corona sería enriquecida en épocas sucesivas con la inclusión de diamantes y piedras preciosas, como esmeraldas. Se trataba de una pieza cincelada ― y no repujada, como solía hacerse ― con un volumen, diseño y técnica empleada que rompería moldes. La misma fue sufragada por los devotos de la Esperanza Macarena quienes, por suscripción popular, habían colaborado activamente en que se hiciera posible la ejecución de una obra que, más de cien años después, sorprende a quienes pueden contemplarla de cerca. Entre los que colaboraron, Joselito “el Gallo”, que en el verano de 1912 protagonizó una corrida de toros con reses de la ganadería de Eduardo Miura.




El día escogido para la imposición de la corona en las sienes de la Esperanza fue el lejano Viernes de Dolores de 1913, un 14 de marzo donde prácticamente no cabía un alfiler en la parroquia. La Señora de San Gil se encontraba en su paso de palio y los sones de la banda del Regimiento de Granada componían un pentagrama para el recuerdo. Si la función comenzó a las diez y media de la mañana, ya desde antes la gente se agolpaba en torno a San Gil, esperando que las puertas se abrieran. En el presbiterio, el cardenal Almaraz, el deán catedralicio, Torres, y el párroco Becerra.

Una vez terminada la bendición, Muñoz y Pabón, que por entonces era canónigo lectoral, acompañado de reyes de armas, sube al paso, y emocionado, coloca la presea con este alhaja que había sido fruto de todos aquellos devotos de la Macarena. Tras el acto, da comienzo la misa, oficiada por Castillo, provisor de la archidiócesis. Sin embargo, Muñoz y Pabón no solamente será recordado en la corporación por haber impuesto la preciada joya sobre las sienes de la Esperanza ― era la primera de oro de las cofradías hispalenses ― sino que volverá asombrar a todos con una elocuencia sobresaliente, como solía hacer. Palabras escritas en la memoria de quienes acudieron, entre los que se encontraban los periodistas que posteriormente plasmarían fragmentos del panegírico en las crónicas de aquel entonces. También acudió el historiador Santiago Montoto, quien describiría el acto de la coronación del siguiente modo: “el lectoral, conmovido, con lágrima en los ojos y con temblores emocionales en las manos, colocó en las sienes de la imagen la corona de oro que sus hijos le ofrecían”.

Tras la finalización de la misa, los miembros de la junta acuden al altar para rendir homenaje a arzobispo, besando, como era característico, el anillo pastoral. Posteriormente los miembros seculares fueron despedidos mientras sonaba la Marcha Real. Una vez acabado el acto, el pueblo regresaba a sus casas, después de más de tres horas en el interior de la parroquia, que había comenzado con “A mayor honra y gloria de la Santísima Virgen de la Esperanza”. Había sido una ceremonia histórica. Y lo sería no solamente por la coronación sino porque desde el siglo XVIII el Vaticano tenía que dar el beneplácito para que se coronasen las imágenes. Y aquí la última palabra la tuvo el pueblo.

Aunque la Macarena fue coronada canónicamente el 31 de mayo de 1964 por Bueno Monreal, aquel evento, donde Muñoz y Pabón colocó una de las grandes joyas de la Semana Santa hispalense sobre la cabeza de la Macarena, sería recordado como la “coronación popular”, acontecimiento que luego realizarían en el Baratillo (1947) o en San Roque (1960), y cuyas imágenes obtendrían el rango de coronación canónica posteriormente, gracias al cardenal Amigo. Antes, en San Gil, los devotos había cumplido su deseo: una auténtica joya coronaba la devoción más universal de Sevilla.



gentedepaz

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