Todo o nada

Has ido a buscarla en esta mañana gris de domingo, cuando la bruma ocultaba la Giralda en un sfumatto que la dejaba en un boceto de sí misma. Has cruzado el puente como quien regresa a sí mismo, como quien se busca y se rebusca en los bolsillos deshilachados del alma. Al fondo, la niebla ocultaba la Sevilla que nació con aquella Exposición que te contaba tu padre antes de que la leyeras en los libros. La ciudad volvía también sobre sus propios pasos, y de pronto tuviste la sensación de que el tiempo retrocedía. Caminabas sobre las huellas indelebles de tu memoria. Sentías aquellos olores de las casas de vecinos, la sensación de la humedad y el color de la verdina, aquellas miradas que siguen ancladas en el recuerdo de los viejo corrales: son loe personajes de un libro que tendrás que escribir para ajustar cuentas con lo que eres, con el niño que nunca saldrá del callejón donde nació.




Has llegado a Triana como el náufrago a la arena que lo espera extendida, sin las cápsulas barrocas de los relojes que tratan de domesticar el mundo con el látigo del tiempo. Has entrado en su casa y la has mirado. Cara a cara. Como hacías en aquellas lentas madrugadas, cuando tu madre te llevaba de la mano y la veías salir de la montaña hueca de la Catedral, triunfal como la luz que renacía en su rostro. Las palabras siguen grabadas a fuego en tu mente. “Es una Mujer, tiene la cara de una Mujer”. Que los teóricos se devanen los sesos con abstrusos análisis estilísticos. Tu madre veía en sus rasgos a la Mujer. Platón a lo divino. La idea proyectada sobre la caverna de la retina que ha sentido, otra vez, del bálsamo sangrante de la belleza.

Has venido para buscar a la Mujer, a la Única que puede darle sentido a la vida porque en su nombre está la luz que arrasa con la tiniebla que nos espera con esa paciencia que solo puede desplegar la muerte. Te la estás jugando. Como un torero que pisa el albero de ceniza que refleja la grisalla del cielo de noviembre. Todo o nada. El frío que nace en la médula de los siglos vacíos que suceden al último suspiro, o ese paraíso prometido que se cuela cuando la vemos en su paso y todo cobra su significado por un instante. ¿Flores? Cortos se han quedado los suyos, porque no hay pétalos ni estambres, pistilos ni cálices en el mundo para alegrar el dolor que cruje en el silencio de sus entrañas. La tristeza tiene el color apagado de sus velas rizadas, pero en su semblante está el no sé qué de la alegría que nos permite seguir viviendo. No es guapa. Es la Belleza hecha Mujer.

Has regresado para escribirle este artículo por las calles que aún guardan las claves de la bulla que la acompañó. La has visto en un hospital de Roma, allí donde la necesitan más que en la calle Pureza. Es el reverso de la niebla que ha dejado después de cegarnos con la luz de su nombre. Es el todo frente a la nada. Tu madre te la dejó como la herencia más valiosa. Es la Mujer que le da sentido al tiempo con el ancla que tiene la forma exacta del corazón. Es la Esperanza.

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