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Rafael Díaz Palacios

En la foto de Pablo Lastrucci de 2017 está sonando Caridad del Guadalquivir. El capataz de ojos cansados mira a los suyos a través del respiradero de la Virgen que acaba de salir de la Capilla de la calle Adriano. Ahí abajo está toda su vida. Nunca se metió de costalero. Y la verdad es que no le hizo falta. En cada visita al muelle donde trabajaba su padre, a dos pasos de su casa de la calle San Nicolás pudo conocer a cada uno de los cargadores que después se metían bajo los pasos.

Esa fue su escuela en la que aprendió de técnica y de esa solidaridad que es moneda común en el mundo que hay bajo las trabajaderas. En el Bar «La Moneda» frente al Baratillo vivió muchas tardes de Semana Santa. Allí se reunían los cargadores del muelle que no salían ese día, y allí, sin móviles ni Internet, llegaban las noticias de los pasos que iban arrastrando los zancos en los que había que echar una mano. Díaz Palacios era un militar extraño.

Mandaba como un general pero se le saltaban las lágrimas cada vez que abría su corazón. Como el pelícano del Amor, sacrificó sus últimos años de martillo para que su hijo Rafael y sus nietos Fali y Pablo pudieran continuar con la dinastía que él mismo ha tenido el orgullo de fundar. El jueves nos dejó. Y hoy ya comprueba como el azul Baratillo es un color que llega desde el Arenal hasta los cielos.

Rafael Díaz Palacios

Fuente: ABCdeSevilla


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