La Verónica y la imagen verdadera

En el libro La Sábana Santa, ¿milagrosa falsificación? obra de Julio Marvizón se cuenta que, para los judíos, era algo impuro profanar un sepulcro y llevarse la mortaja. Es por ello que se inventa la figura de la Verónica, vera icona o lo que es lo mismo, imagen verdadera, esa mujer que supuestamente limpió el rostro de Cristo cuando éste iba camino del Gólgota.

Lo cierto es que tal y como reflejan los propios evangelios, la figura de la Verónica, tal y como la conocemos es un personaje inventando, o al menos, sobre el que existe la especulación. Hablando el profesor Juan Manuel Miñarro, un auténtico estudioso de la Sábana Santa y todo lo relacionado con su autenticidad, «es cierto que no hay información básica porque los lienzos sepulcrales de Cristo desaparecieron, es decir, no había cadáver, al igual que no hay evidencia científica de que ese hombre resucitara y fuera Jesús. No hay una huella de un hombre muerto. La tradición de la Verónica en su versión occidental, no tiene una referencia concreta. Verónica viene de vera icona, imagen verdadera. Sin embargo, en los evangelios no existe ninguna referencia a esta supuesta mujer y sólo en algunos apócrifos», comenta Miñarro a Pasión en Sevilla.


La Verónica y la imagen verdadera


No obstante, en la tradición oriental, esa imagen verdadera que mantiene la conexión con la Síndone proviene del siglo IV en escritos de Eusebio de Cesarea. En la época de Cristo reinaba en Edesa el rey Abgaro, también conocido como ‘Rey Negro’, que según algunos documentos recibía ese apelativo porque padecía la lepra. Este monarca habría pedido supuestamente a Jesús que le sanara de sus dolencias:






Abgaro, rey de Edesa, a Jesús el Salvador, que se ha manifestado en Jerusalén. He oído hablar de las curaciones que has hecho, sin usar hierbas, ni otros remedios ordinarios. Y sé que devuelves la vista a los ciegos, y que haces andar a los cojos, y que limpias la lepra, y que arrojas los demonios inmundos, y que curas las enfermedades más crónicas, y que resucitas a los muertos. Y, oyendo tales cosas, me he persuadido de que tú eres Dios, o Hijo de Dios, y que estás en la tierra con el fin de realizar esas maravillas. Y por eso te escribo, para suplicarte que vengas a mí, y que me cures de la enfermedad que me atormenta. Y he oído decir que los judíos murmuran de ti y que te preparan celadas. Y yo poseo una ciudad que es pequeña, pero honesta, y bastará para los dos.

La supuesta contestación de Jesús:

Bienaventurado seas, tú, Abgaro, que crees en mí, sin haberme conocido.
Porque de mí está escrito: “Los que lo vean no creerán en él, a fin de que los que no lo vean puedan creer, y ser bienaventurados.”
Cuanto al ruego que me haces de ir cerca de ti, es preciso que yo cumpla aquí todas las cosas para las cuales he sido enviado, y que, después de haberlas cumplido, vuelva a Aquel que me envió.
Y, cuando haya vuelto a Él, te mandaré a uno de mis discípulos, para que te cure de tu dolencia, y para que comunique a ti y a los tuyos el camino de la bienaventuranza.

Según la leyenda esto fue lo que ocurrió. Sin embargo, otras teorías apuntan a que fue directamente el apóstol Tadeo quien llevó a Edesa un tela con los rasgos faciales de Jesús. Aunque hay lagunas en toda esta historia, si está contrastado que a principios de la época cristiana en Edesa (Primer reino en adquirir el cristianismo como religión oficial) se habla de un lienzo llamado en griego Tetradiplon (lienzo doblado en cuatro pliegues) que era un auténtico patrimonio del reino y que fue protegido con uñas y dientes, tanto es así, que durante siglos estuvo perdido y en 944 llega a Constantinopla con honores.

Lo cierto es que el concepto de la mujer Verónica como tal no tiene certificación. Muchos investigadores apuntan a que ese lienzo que contenía el rostro de Cristo realmente era la Sábana Santa que amortajó a Jesús de Nazaret (al estar doblado en cuatro pliegues sus dimensiones eran mayores). Además, las crónicas de la época relatando su entrada en Constantinopla por todo lo alto, hacen pensar que no se trata de un resto histórico cualquiera.

ABC

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