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Esperanza de Triana, puente y aparte

Triana es puente y aparte. Es un reloj marcado con la hora y los minutos, como el que apunta la campana de la capillita del Carmen cuando en la popa del barco de la Esperanza va cayendo el sol de la tarde. Es la voz del Mora, desgañitado, llenando de vivas a su paso. Son las lágrimas del farmacéutico Murillo, cuando por el Altozano viene su vida, y lo mira frente a frente. Son las flores que van en sus esquinas y las que llueven como un torrente multicolor sobre la malla. ¿Qué son muchas? Sí, y qué. Quien pueda, que empate. Porque Triana es una rebelión, es un barrio revuelto contra la dictadura del autoproclamado buen gusto y lo cofradieramente aceptado. Por eso esa nao navega sotavento. Y si quieren saber los pasos que da, hay que ir detrás, como lo hicieron ayer 260.000 personas.



La procesión de ida a la Catedral de la Esperanza de Triana fue uno de los eventos más multitudinarios de la historia reciente de la ciudad. Estaba Sevilla volcada, turistas y devotos de toda España. Para haber, estaban hasta Todos los Santos. Quizá influyera el buen tiempo, el puente y los hoteles a rebosar. Pero, sin duda, lo que desbordó Sevilla fue esa Virgen morena, castiza, hecha a imagen y semejanza de un barrio que aún vive anclado en el costumbrismo y al que no se le caen los anillos por romperse la camisa delante de su máxima devoción. Todo es exuberante, pero nada es exagerado. A la Esperanza le gritan y le cantan. La corean. Como ese que dictó una frase lapidaria a voz en grito en la calle Pureza: «Las habrá de la Roldana o de Martínez Montañés, pero más guapa que tú, ninguna».

Seiscientos años después de su nacimiento, cuando unos ceramistas del arrabal dieron a luz el germen de lo que hoy es, suspirando por una tabla de madera medieval en Santa Ana, donde se representaba a la Virgen embarazada; ayer volvió a nacer la Esperanza, la hermandad de mayor impacto social de la ciudad.

Nada más salir pasadas las cuatro de la tarde, sonaba la marcha de la coronación y el paso iba de babor a estribor. La cuadrilla más pinturera le daba «guasa» mientras la música de la debutante banda de las Cigarreras apenas se escuchaba con las palmas, vivas y oles. Lo rezaba una pancatarta: «El delirio de Triana». Y más pétalos. Enfila Pureza, vallada hasta la estrechez, que hace de tapón. Sigue navegando la Esperanza. El Mora, nerviosito perdido, pide a Cantero que pare ya a la Virgen. El paso arriado. Suenan «Campanilleros». Antes del cascabeleo, la cuadrilla coge un ligero impulso. A la música. Ya está el paso arriba. La banda ya ni suena. Otra manta de pétalos. Lo dice el capataz. La Virgen «ronea». Llega al Altozano y se vuelve a la farmacia. Qué manera de llorar. Un niño con la medalla al cuello, a pie de calle, no puede contener las lágrimas. Llora Triana de alegría.

Cuando sube esa loma, por fin un rayo de sol se cuela entre la malla e ilumina a la Esperanza. Suena un ole al compás. Desbordada Triana, hasta aquí llegó la Esperanza en su barrio. Cruza el puente, que vibra más que nunca, cuando el sol comienza a caer por poniente. Suena «Triana de Esperanza». Pasan los barcos debajo del río, como cuando antaño la Marina iluminaba con un foco el palio de la Esperanza al son de la salve marinera.

… Y aparte
Cruza a la otra orilla ya con el ocaso encima. Nada es distinto. Enfila una enorme recta que tiene más caudal que el propio Guadalquivir. No cabe un alfiler. Pero el esfuerzo de la hermandad es tremendo. De nuevo, un reloj marcado con la hora y los minutos. Aparece pasadas las siete y cuarto de la tarde por la calle San Pablo, cuando la noche se ha echado encima. La candelería ya está encendida del todo. La Virgen se vuelve a la Magdalena, donde la reciben todas las hermandades de la parroquia. Lleva la Esperanza la cuadrilla del Cristo de las Tres Caídas, va más alta, lleva más cintura, el pasito es más largo.

Y ahora, «Rocío». Va navegando entre naranjos repletos de frutas y se hace el silencio. Suena el flautín, mientras vuelve a ir de popa, sotavento. Arranca y alcanza la plaza de la Magdalena. Siguiente parada: el Santo Ángel. En el convento de los carmelitas hay misa de ocho y coincide con el paso de la Virgen. Una enorme foto de la dolorosa cuelga de la fachada de enfrente, y todo está lleno de guirnaldas. Un coro espera a que el palio se vuelva para interpretarle la salve marinera. Pero se lleva un chasco. La Virgen no se vuelve. Se para, y continúa por Rioja. Algún fraile se lamenta.

La vuelta hacia Tetuán es otro delirio y, a las nueve en punto, aparece la Esperanza de Triana en la Plaza Nueva a los sones de «Madre Hiniesta». Enorme chicotá hasta plantarse en el andén del Ayuntamiento, donde espera la Corporación municipal. La Plaza Nueva está a reventar de público. Suena «Esperanza de Triana coronada» y la ovación es abrumadora. Las Cigarreras tocan una versión de la salve, que dejó algo frío al personal. Pero, de nuevo, mirando hacia el pueblo, el palio sube a la música y vuelven a llover los pétalos. Y ahora, «Reina de Triana» para llegar al Arquillo. Una joven en silla de ruedas está encaramada a una valla. Le pide a todos que le permitan verle la cara. No se puede poner en pie ante su Esperanza. Pero, las cosas de la Virgen, en ese momento el barco echa el ancla.

Se marcha por la plaza de San Francisco, que es un océano de Expectación. Entra por Hernando Colón y sale por Alemanes. Son las 23.11 horas de la noche y cruza la Puerta de Palos, en hora. Triana, en punto, para que luego digan. La cuadrilla subió a la Virgen hasta el Altar del Jubileo de la Catedral, donde permanecerá hasta el sábado a las cuatro de la tarde, hora en la que la Esperanza renacerá de nuevo.

Así acabó un viaje de Triana a Sevilla con la Esperanza. Al cronista se le vino a la cabeza el silencio atronador del Gran Poder ante la Puerta del Perdón en aquel traslado de hace dos años. O ese romero esparcido por el andén del Ayuntamiento en esa mañana de sol de noviembre. O, también, esas veinticuatro horas de Esperanza saliendo de la Plaza de España y haciendo histórica una ronda entera. Lo de ayer estuvo a esa altura. Porque Sevilla es eso: es el silencio del Gran Poder, es la finura de la Macarena, es la amargura de la Virgen o el grito ahogado del Cachorro. Y es, por supuesto, la exuberancia, el júbilo, la desmesura medida, el compás flamenco hecho tango del arrabal. Triana es su Esperanza. Puente y aparte.

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