La intensa historia de la Hermandad del Descendimiento



La Hermandad del Descendimiento se caracteriza por su llamativo y singular estilo en el Viernes Santo cordobés, una jornada en la que la corporación del Campo de la Verdad – quizá también con la cofradía de los Dolores – se alza como contrapunto de color y sones en una tarde en la que la ciudad califal impera el recogimiento, la sobriedad, el luto y el silencio que, junto con el incienso, parece adueñarse del entramado de callejas de la Judería.

Es fácil, a día de hoy, pensar en la hermandad de San José y Espíritu Santo como en la alegre cofradía de barrio que atraviesa el Puente Romano, deteniéndose frente a la efigie de San Rafael y resplandeciendo en la noche del Viernes Santo con el magnífico paso dorado sobre el que se alza el Cristo de perfecta anatomía que tallase Amadeo Ruiz Olmos. Sin embargo y a pensar de la relativa juventud de la corporación, su historia no ha estado exenta de anécdotas y cuantiosos cambios con los que, poco a poco, la cofradía ha ido evolucionando hasta llegar a configurarse de la forma en la que la conocemos en el presente.




Según la documentación hallada, ya en el siglo XVI existió una hermandad homónima en la Iglesia de San Pablo que con el tiempo desapareció y que, pese a lo que quepa pensar a priori, no guarda relación alguna con la actual. Fue entonces a principios del siglo XX cuando la Hermandad del Descendimiento comienza tímidamente su andadura, retomando unos antecedentes que se remontaban a la Ermita del Santo Cristo, próxima a la ribera. Dicha sede fue, en un principio, fundada con el propósito de rendir culto al Cristo de las Ánimas – también llamado de la Misericordia – el cual no tardó mucho en convertirse en nuevo centro de devoción para los vecinos del Campo de la Verdad. Finalmente, en torno a aquella imagen se constituyó la hermandad que, no obstante, se extinguiría en 1890 con tan solo 13 años de trayectoria.




Sin embargo, años más tarde pudo reorganizarse impulsada por la creación de otra cofradía en la ermita que rendía culto a una imagen de San José. Bajo esta premisa, Evaristo Espino, antiguo capellán de San José y Espíritu Santo, desempeñó un importante papel animando a la fundación de la hermandad en torno a la imagen del venerado crucificado. Una vez establecida esta base y pasado un tiempo prudencial, los miembros de la corporación decidieron dar un paso más tratando de incorporar a la tradicional procesión del Viernes Santo la escenografía del Descendimiento.

Para llevar a cabo dicha iniciativa, fue necesario prescindir del Cristo de las Ánimas debido a sus pequeñas dimensiones en pro de otro crucificado bajo la advocación del Cristo de la Caridad – aún en la parroquia – incorporando también en el paso la talla de la entonces dolorosa Virgen del Rayo, San Juan, las tres Marías y los Santos Varones. Con Ellos, la hermandad pudo realizar su primera estación de penitencia como parte de la procesión del Santo Entierro en el Viernes Santo de 1915. No obstante, un desafortunado incendio producido por causas desconocidas días más tarde redujo a cenizas a las tres Marías y los Santos Varones pudiendo, en cambio salvarse las imágenes restantes.

A pesar de los incidentes acaecidos – a los que había que sumarse la mutilación del titular Cristo de las Ánimas – la hermandad continuó realizando su salida procesional hasta su desaparición en 1919. Desde entonces, debieron transcurrir prácticamente dos décadas hasta que un grupo de personas decidió refundar la hermandad, no sin tener que solicitar ayuda a diversas iglesias y sus respectivos párrocos, entre los que muchos dieron su negativa a aceptar la regenerada hermandad en sus templos hasta que la cofradía fue nuevamente acogida en la Parroquia de San José y Espíritu Santo.




Y así, con la aprobación de unos estatutos y restablecer el espíritu religioso tan aletargado en los últimos tiempos, la corporación realizó su primera estación de penitencia en 1938. Así y todo, quedaban muchas cosas por hacer, especialmente teniendo en cuenta que el titular no dejaba de ser un crucificado que no encajaba con el pasaje que se pretendía representar, con lo cual los hermanos de la cofradía se ponen en contacto con el imaginero valenciano Amadeo Ruiz Olmos, a quien encargan la hechura del Cristo, la Virgen, San Juan, los dos Santos Varones y las tres Marías, todas ellas talladas en madera por completo.

http://gentedepaz1940.blogspot.com.es/2016/10/la-intensa-historia-de-la-hermandad-del.html



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