El vanguardista cartel del Rosario de los Humeros

Un cartel es eso. Menos que es siempre más condensando todo el mundo de la relación entre una madre y sus hijos, entre Dios y sus fieles, entre un barrio y la imagen de su devoción. Decía Rembrandt que una pintura, sin atmósfera, no es nada.

El cartel del Rosario es, un año más, la condensación científica de un ambiente y la síntesis de un rincón en el mundo en una barreduela de Sevilla. Humeros. De humos. Mar en tierra. Río junto a la muralla. Redes y calafateadores. Síntesis de inciensos y de alquitranes, de breas y de pescados. El barrio es una atmósfera azul de letras blancas, está escrito con la grafía de los rótulos que definen el pasado romano de la ciudad. HUMEROS. En letra trajana.

Tres sílabas, tres. Y una sola mirada. Que son dos. No hay que decir su nombre que los nombres, ya lo dijo el poeta, se olvidan. La mirada es la de Ella. La Virgen de la capilla olvidada, de la espadaña torcida en cuyos renglones Dios escribe derecho, de las auroras cantadas en rosarios de amanecida, de los repelucos en el alma al amanecer de un día de octubre. Ella es una mirada. Ella son unos ojos que condensan a su Hijo y a sus hijos. Menuda, como las cosas grandes. Solemne, como el paso del tiempo. Cercana.

Federico Jaime ha captado esa mirada en blanco y negro, después de todo, lo que queda es la esencia, y ha establecido un juego de pervivencia en el tiempo por medio del exvoto. El recuerdo que perdura queda a los pies. La mirada del fiel agradecido. Un código universal que ya usaron todas las culturas mediterráneas, y que hoy mantenemos en nuestro particular sincretismo religioso, ése que no entienden algunos teólogos ni los talibanes de la supuesta pureza. El hombre mira hacia los cielos por sus ojos y es contemplado desde las alturas por su imagen y semejanza. No hay más. O sí. El agradecimiento. Por eso, el exvoto colocado a los pies del cartel explica tanto con tan poco. Decía Marcel Duchamp que “no son los pintores sino los espectadores quienes hacen los cuadros”. En el cartel del Rosario de los Humeros será el devoto, el vecino, el hermano, el que haga la lectura de las miradas. Mirada de la Virgen, ambiente de un barrio y mirada agradecida. No hay más. El año flota en la atmósfera etérea del cartel como en una nube de incienso de rosario de aurora. El propio Federico Jaime, en la presentación de su obra, apuntaba algunos de estos datos.

“Los ojos de la madre dominan el cartel desde el plano superior, estableciendo un diálogo conceptual y formal con el exvoto de la parte inferior. El exvoto representado forma parte de un conjunto de éstos que posee la Hermandad y que solían ser ofrendados a la Virgen como testigo de una rogativa o agradecimiento. La forma de los mismos está ligada a la naturaleza de la petición, de manera que éste, con forma de ojos, debió depositarlo a los pies de la Virgen una persona que padecía alguna enfermedad en la vista. Por tanto, estos exvotos se constituyen en símbolos de esa devoción del barrio a su Virgen.

De este modo, se establece una dualidad entre lo celestial-divino (parte superior, Virgen) y lo terrenal-humano (parte inferior, fieles). En el de la composición, y sirviendo de intermediarios entre estas dos realidades, se desglosa la palabra Humeros, que es a la vez “Barrio” y “Hermandad”. La mancha azul, como una suerte de amanecida, de aurora, de noche que deja paso al día –con la metáfora que todo ello contiene-, refleja el escenario tradicional y singular donde se desarrolla el Rosario en la mañana del 12 de octubre”.

Un cartel arriesgado en una ciudad donde la saturación en torno a este tipo de obras necesita de un nuevo aire fresco que ya se pudo contemplar el año pasado con el cartel de Daniel Franca, otra impactante obra que también supera a grandes pinturas que no funcionan como cartel o a abigarrados conjuntos que necesitan una compleja lectura que el cartel, por definición propia, no debería tener. Un cartel es un grito, pero no un pregón gritón. Es una idea, una pincelada, una imagen, un mensaje… una mirada entre unos ojos que miran y otros que contemplan. Lo decía el historiador Ramsés Torres en la presentación de la obra cuando recurría a Cernuda para explicar el cuadro. No hay mejor imagen que la de ese tiempo que nos alcanza. Y cabe entre dos miradas.

Federico Jaime López sorprendió el año pasado ya a los puristas del costumbrismo religioso con sus exquisitas ilustraciones para el Vía Lucis escrito para la hermandad de Jesús Nazareno de Carmona. La bella obra compuesta por Rafael Roblas se enriqueció con la esencia de sus símbolos: la luna para la Inmaculada, la estrella para la Natividad, un rayo de luz para la Anunciación, un Sol para el Nacimiento de Jesús, un dintel solitario para la pérdida de Jesús en el templo… Decía Miró que se debía superar lo plástico para llegar a lo poético. Algo que consigue Federico Jaime con su obra, premiada recientemente en el LXVII Certamen Nacional de Pintura de Gibraleón 2018, donde OSIARAP, ese paraíso al revés siempre soñado, recibió un galardón para una creación de la que también formaban parte un estío o un páramo al que el artista dio la vuelta en otra mirada…

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