El templo materno de Triana

Viernes Santo de 1640 en Triana. El arrabal bulle de gentío en el día sagrado. Se para en el trabajo, se amarran las barcas y se asiste a los sagrados oficios. El caserío, mucho más humilde que el de la Sevilla amurallada, no levanta más de cincuenta palmos del suelo y no hay calles más allá de la que hoy conocemos como Pagés del Corro. Decenas de miles de almas se hacinan en esta Triana vigilada por el Tribunal de la Santa Inquisición, que ha vuelto a habitar el Castillo de San Jorge tras varios lustros de abandono de la fortaleza. Sus torres dominan el cielo que cubre las destartaladas calles del populoso arrabal, cuyos viandantes tienen hoy la vista centrada en el otro techo de Triana: la iglesia de Santa Ana.
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(Foto: José Luis Montero)
Una vez nos hemos colocado en situación, imaginemos el panorama ese día, en esa Triana quince veces más pequeña que ahora, con al menos cinco cofradías en la calle durante la misma jornada. Todas ellas, al igual que otras tantas que salían el Miércoles y el Jueves Santo, harán estación de penitencia a la vieja parroquia, la que en 2016 cumple nada menos que 750 años.
En 1266 el rey Alfonso X ordenó construir el templo. El hijo del Rey Santo que reconquistó Sevilla se había recuperado de una enfermedad que casi le deja ciego, y levantó este monumento a aquella santa a quien se encomendó: la madre de la Virgen María. Así comenzaría la historia de un templo que también es madre primera de los trianeros.
La parroquia fue la referencia de toda capilla y hospital que se levantó posteriormente en Triana. Fue el refugio de todos los trianeros. Refugio espiritual y también físico, pues acogió a un buen número de damnificados por las frecuentes riadas e inundaciones que castigaban la orilla oeste del Guadalquivir. Y, por supuesto, también fue la casa de todas las cofradías del arrabal.
La relación más estrecha la tuvo siempre la más antigua de todas las hermandades de penitencia trianeras, la de la Esperanza, cuya sede originaria fue Santa Ana, y a la que estaría volviendo durante toda su historia, ya fuera para domiciliar a sus imágenes o para estancias de urgencia.
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Pero volvamos a la máquina del tiempo, a ese siglo XVII en el que Triana empezaba a hacer competencia feroz a la Semana Santa que se celebraba al otro lado del río. Es fácil imaginar que en ese ambiente de fiesta religiosa en un lugar tan castigado había un serio componente de caos.
Sin embargo, el panorama se había ordenado varias décadas atrás. En 1604, el cardenal Fernando Niño de Guevara mandó que las ya muchas cofradías de Sevilla hicieran estación de penitencia a la Catedral, pues en las collaciones se formaban incluso disputas por el discurrir errático de los cortejos. Exactamente lo mismo ocurría en Triana, agravándose por el hecho de que había una mayor densidad de población... y de cofradías.
En aquella época, la única vía de conexión pedestre con Sevilla era el llamado Puente de Barcas, una estructura que entonces era incapaz de soportar el peso de un alto número de personas. No se podía plantear en ningún modo que pasaran cortejos enteros con imágenes en andas o pasos. Por otro lado, tampoco era muy del agrado de los próceres eclesiásticos de la Catedral que entraran tantos trianeros de una sola vez en las murallas. Triana, ya entonces, tenía su carácter propio, más libre, si se quiere, algo fuera del control de las autoridades capitalinas. Igualmente, su manera de llevar los pasos y acompañar a las imágenes era muy diferente de como se hacían las cosas en la vieja Sevilla. Así se comenzó a trianear.
Si las hermandades no podían ir a la Catedral, irían a Santa Ana. ¿A qué otro sitio si no? La vieja parroquia tenía una estrecha relación con todas las cofradías de Triana. Como mínimo, todas hicieron su estación de penitencia allí hasta 1845, año en el que al fin fue posible cruzar un remozado Puente de Barcas para rebasar la muralla sevillana.
Santa Ana fue sede de la actual hermandad de San Benito. Ocurrió en 1565, cuando la hermandad, que entonces era del Cristo de la Sangre y la Virgen de la Encarnación, tuvo que abandonar el trianero monasterio de Nuestra Señora de la Victoria. San Benito era la cofradía del gremio de carpinteros de ribera y otros trabajadores del puerto. Dejaría el arrabal en 1875, pero hasta entonces acudiría a Santa Ana cada Jueves Santo hasta 1633 y desde el año siguiente, el Viernes Santo.
Esa jornada, aún hoy tan trianera, hacía a la parroquia su estación de penitencia la cofradía del Cristo de Pasión y Muerte, que se había fundado a mediados del siglo XVI. No, no se trata de la actual corporación que procesiona los Viernes de Dolores, convirtiéndose en la única hermandad que hace la estación a Santa Ana. A la cofradía de aquellos tiempos le acompañaba la Virgen de la Parra, y dejaría de visitar el templo el año de su desaparición: 1649, tal vez el peor año de la historia de Sevilla.
Casi la mitad de la población sevillana moría ese año a causa de la tremenda epidemia de peste bubónica que asoló la ciudad y que se llevó la vida de uno de los mayores genios de entonces, el imaginero Juan Martínez Montañés. En Triana –que a la sazón fue foco de la infección– morirían casi 20.000 personas, 12.000 de ellas en el hospital, que hubo de ser cerrado el 20 de julio. Aquel año la parroquia de Santa Ana volvió a acoger las plegarias de los trianeros, que habían visto cómo su población se iba reduciendo a menos de la mitad.
Tal vez era la desprotección que sufrían los habitantes del arrabal lo que les hacía tan piadosos. Muestra de ello era el alto número de cofradías y hermandades que existían. Muchas de ellas eran «de sangre» o penitencia y, por supuesto, tenían como centro de peregrinación el viejo templo levantado por el Rey Sabio.
El Jueves Santo también pasaban por Santa Ana cofradías como la de la Tentación de Cristo en el Desierto y Nuestra Señora de los Peligros, que seguiría procesionando hasta principios del XVIII. También ese día presentaba sus respetos el cortejo del Ecce Homo y la Virgen del Camino, que venía desde la capilla de los Mártires del barrio de San Sebastián. Desaparecido el barrio, llegando 1800, desaparecería también esta hermandad.
Entre las cofradías extintas que hacían su carrera oficial hasta Santa Ana, estaban también la del Hospital de los Mareantes (Cristo del Socorro y Virgen del Buen Viaje), hermandad que tendría su sede en la catedral trianera durante muchos años. También estaba la de Nuestra Señora del Consuelo y la que fue Borriquita de Triana: la Entrada Triunfante en Jerusalén y María Santísima del Desamparo, una corporación también nacida en el prolijo siglo XVII y desaparecida con la revolución anticlerical de 1868.
Ya a finales del siglo XVIII vendría a Triana otra de las cofradías que haría de Santa Ana su principal lugar de peregrinación: la hermandad de la Sed de Cristo, que había sido fundada en la otra orilla, en la iglesia de San Blas, y que volvería a intramuros en 1804, concretamente a San Juan de la Palma. En este lugar aún se puede admirar la Virgen de las Maravillas, advocación que acompañó a aquel crucificado por las calles de Triana.
En nuestros días tenemos muy asociadas a las hermandades actuales trianeras a sus sedes, pero algunas de ellas son relativamente recientes. Sin embargo, todas (a excepción de San Gonzalo, fundada en los años 40 del siglo XX) tuvieron una relación muy estrecha con la parroquia de Santa Ana.
La hermandad de la O fue, junto con la de la Esperanza, la primera en hacer estación a Santa Ana. Fue en 1566, muchos años antes de que así lo obligara el sínodo de 1604. Desde ese Camino de Castilleja (actual calle Castilla) venía también por entonces la hermandad del Cachorro, conocida en esa época como la del Patrocinio. Llegado el siglo XX, el crucificado de Ruiz Gijón tenía que celebrar sus quinarios en la vieja parroquia trianera, pues su pequeña capilla al final de la antigua calle Rosario no podía dar cobijo a la enorme cantidad de devotos que venían a los cultos. En 1960 el Cristo de la Expiración dejó de ir a la iglesia madre, pues ya disponía de un templo, su actual basílica, con el aforo suficiente.



Aunque el templo más importante para la Estrella ha sido San Jacinto, la parroquia de Santa Ana ha sido otro referente para la hermandad del Domingo de Ramos. Hacía estación a la real parroquia desde su fundación en el XVI, con un cortejo que tenía un tercer paso, el de la alegoría del Triunfo de la Cruz, que era de una curiosa composición. Así lo explica la propia hermandad: «Una cruz verde sobre un mundo y, enroscada en él, la serpiente con la manzana en la boca. Del clavo de los pies de la cruz salían dos palmas que terminaban en los brazos y en el centro de estos, una corona de laurel. Al pie del Sagrado Madero había una María con una estrella y a un lado una calavera en significación de la muerte».
En estos 750 años Santa Ana ha visto pasar de todo: graves inundaciones, terremotos, decenas de hermandades y el rezo de millones de trianeros a lo largo de los siglos. Durante al menos 241 años este templo fue la catedral de aquel numeroso grupo de cofradías, que tenían su propia idiosincrasia, marcada por el carácter de los gremios que las sustentaban, por el relajo de una población fuera del alcance de los próceres de la metrópoli y por el propio aislamiento de que le proveía el río. Con toda seguridad sería una Semana Santa radicalmente diferente, tanto a la del otro lado del Guadalquivir, como a la que hoy en día conocemos... Y que muy probablemente no conoceríamos si no hubiera sido por ese templo, en estos días tan discreto, y en aquel tiempo tan grande. El templo materno de Triana.
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EL PUENTE DE BARCAS
La O fue la primera cofradía de Triana que cruzó a Sevilla por el Puente de Barcas. Corría el año 1845, pero el puente llevaba tendido casi 300 años. Era constantemente remozado, y hasta esa fecha del XIX no tuvo capacidad para «sostener» una cofradía entera.
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(Foto: R. Avilés)
LA SEXTA ANGUSTIA
En una de las capillas de la nave izquierda de Santa Ana puede admirarse un conjunto escultórico de una Piedad. Se trata de la antigua Virgen de la Sexta Angustia, que dio nombre a una hermandad fundada en el XIX por una «congregación de señoras» en el convento de Los Remedios (ahora Museo de Carruajes). Amparo Rodríguez Babío, historiadora y archivera de la parroquia de Santa Ana, ha conseguido recabar en los últimos tiempos más datos de esta curiosa obra. La Virgen, aunque ahora sedente, fue concebida para estar de pie ya en el siglo XVII. Probablemente fue reformada por Gabriel de Astorga en el XIX. El Cristo, que parece ser no es el original de aquel conjunto, sino aún más antiguo, era, según Rodríguez Babío, un crucificado, algo que se ha inferido por la extraña compostura de sus hombros. Esta hermandad de «la Sexta Angustia y el Cristo del Amor» no fue cofradía de penitencia.
FUERTE VÍNCULO CON LA ESPERANZA DE TRIANA
La hermandad más estrechamente ligada a la parroquia de Santa Ana ha sido sin duda la Esperanza de Triana. Fue fundada en 1418 ya con sede en este templo. Esta corporación, que no era «de sangre» sino «de luz», estaba asociada al gremio de artesanos de la cerámica. Casi dos siglos después se fusionaría con la que fue «hermandad de las Tres Caídas que dio Cristo Nuestro Señor», y fue obligada a trasladarse a otra sede: el hospital del Espíritu Santo, donde, por cierto, nació la hermandad de los Gitanos, que no llegó a procesionar a Santa Ana porque al año siguiente fue trasladada al Arenal.
Al fin la Esperanza vuelve a su vieja parroquia en 1736, buscando un contacto más directo con sus devotos, con los que había perdido ligazón durante su estancia en el Espíritu Santo. Sin embargo, esta vuelta no dura muchos años. El terremoto de 1755 deja maltrecho el principal templo trianero, y la hermandad tiene que volver a buscar cobijo.
Sin embargo, muchas décadas después, aun teniendo ya hogar propio, la Esperanza sigue vinculada a su vieja casa. Los cultos a la Virgen y al Señor de las Tres Caídas se continúan celebrando en Santa Ana. De todos ellos, el más recordado es el que precedió a la Coronación Canónica en 1984. La hermandad de la calle Pureza es asimismo la encargada de organizar el Corpus Chico que cada mayo sale de la vieja catedral arrabalera.
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