El espíritu de Montañés, en una magna exposición en Alcalá la Real

No es el manejo de la pala de modelar que le sirvió a Velázquez para pintarlo en 1635 como un intelectual, y no como un artesano que trabaja con las manos. No es su manejo de los dos principios que rigen la escultura y la materia, lo real y lo artístico: el volumen y la forma, esa ecuación imposible que resolvía sin despeinarse el niño que nació en Alcalá la Real cuando Felipe II gobernaba el mayor imperio de su época. No es la policromía que le imprimía Pacheco a sus imágenes, y que tal vez llevara a cabo aquel joven aprendiz en la calle del Puerco, aquel genio adolescente que luego lo pintaría modelando al rey Felipe IV y que se llamaba Diego. No es su capacidad para trabajar la madera como si fuera la prolongación de sus manos y de su inteligencia. No es eso.

Lo que define la exposición que ha montado Juan Cartaya Baños en Alcalá la Real es el no sé qué que queda balbuciendo el cronista cuando se acerca a los santos Juanes de Santa Clara. Quien inspiraba al dios de la madera no era el arcediano Vázquez de Leca con su conceptismo jesuítico, sino el poeta más hondo que ha dado nuestra lengua: San Juan de la Cruz. La belleza de las tres Inmaculadas que se exponen es el Cántico espiritual. Que nadie se empeñe en describirlas. Solo se acercó Manuel Mantero en el terrible poema donde se plantea, en una ucronía cósmica, qué habría sucedido en la historia si aquella Niña hubiera dicho no. Solo así se puede acercar el alma –Montañés trasciende la visión del ojo humano- a esa hermosura inmaterial que se apoya en la madera, como pedía Arquímedes, para cambiar el mundo interior de quien las contempla: el contraste. En el reverso está lo contrario de la definición imposible. ¿Un juego barroco? Pues claro. Como el que anticipa Montañés con los santos jesuíticos cuando plasma en sus suaves escorzos toda la fuera de la inteligencia que atesoran.

Ese barroquismo está presente al final de la exposición, cuando los santos, las vírgenes, los crucificados y el Nazarenito de Pasión forman una verdadera bulla. Compiten por captar la atención de quien está en una iglesia llena de imágenes: ¿templo o museo? Buena pregunta… Como la que se hace el cronista cuando se deja llevar por el suave modelado del cabello que cubre la cabeza del Bautista y del Evangelista, o por la escena de la más absoluta ternura que conforma el bajorrelieve de la Adoración de los Pastores que estuvo en Santa Clara. San José es Jesús de la Pasión en la forma, no en el fondo. El estado de conservación es pésimo, necesita una restauración como bien decía la mismísima presidenta de la Junta de Andalucía, que anunció lo que esperábamos algunos: la exposición viajará a Sevilla –ya se habla del Museo Bellas Artes-, a Granada y a Jaén. Montañés no celebrará sus cuatro siglos y medio de vida fuera de la ciudad que lo acogió en su seno. Albricias.


Un visitante observa una de las obras durante la inauguración de la exposición ‘El Dios de la Madera: Juan Martínez Montañés 1568-1659’ / EFE


Ese espíritu de Montañés contrasta con las obras de los que le precedieron, como es el caso del tétrico crucificado de Pablo de Rojas, que nada tiene que ver con el de los Desamparados del Santo Ángel: lo lisipeo, tan suavemente alargado, es la llama de amor viva que proclama la mística en versos que avivan los rescoldos del corazón. Porque ahí, precisamente en ese órgano simbólico donde los haya, es donde habita el espíritu que vibra en la obra montañesina. El dios de la madera no convertía lo vegetal en algo espiritual para contentar a los teólogos, sino para consolar el corazón del pueblo. Solo hay que ver la dulce y juanramoniana desnudez del Niño Jesús, o regresar a las tres Inmaculadas que ciegan a quien se atreve a naufragar en la luz de la inocencia.

Montañés nació entre olivos y cielos inmaculados como el que ayer cobijaba a los que fuimos a su encuentro en el lugar donde vio esa luz. Y murió en la Sevilla azotada por la peste que demedió el siglo del Barroco. De todo aquello queda el espíritu que bordó su padre en el manto que reproduce la palabra Ana de forma tan aérea como geométrica, en los rostros donde el dolor se convierte en belleza antes de que lo proclamara Beethoven, en esas miradas que van más allá del instante para perderse en los océanos del tiempo. En la plaza donde su estatua lo recuerda trabajando, un sol de Renoir se colaba por las hojas de los árboles mientras el cronista comprendía que la vida consiste en buscar, como hizo el dios de la madera, el inevitable espíritu de la belleza

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