La mujer «vestida de sol» que inspiró a Pacheco y a Murillo

La Inmaculada de Soult, de MurilloAño 1615. La hermandad del Silencio proclama por primera vez en el mundo el juramento y defensa hasta la muerte del dogma de la Inmaculada Concepción. Eran los comienzos del Barroco y empezaba entonces a forjarse la iconografía de la Purísima. El reto era plasmar en la pintura y en la escultura a aquella «mujer vestida de sol» salida de la visión de una monja portuguesa del siglo XV, que describía con pelos y señales cómo se le había aparecido la Virgen. El arte para enseñar al devoto y como canal para llegar a Dios.
Aún no había nacido Bartolomé Esteban Murillo, faltaban dos años para que el hombre que consolidó la iconografía de la Inmaculada viera la luz en Sevilla. Ya entonces, Velázquez, Pacheco y Zurbarán comenzaron a pintar aquello que era el tema favorito para los sevillanos de la época: ¿la Virgen había sido concebida sin pecado original o como cualquier otro ser humano? Este asunto llegó a provocar un motín en las calles de Sevilla cuando un fraile dominico predicó la doctrina de la Inmaculada Concepción, diciendo que fue concebida «como vos y como yo y como Martín Lutero».
Los pintores, como buenos «fotoperiodistas» de la época, aprovecharon la actualidad del asunto, que estaba de moda, para representar en multitud de ocasiones a la Virgen en esa iconografía. Como indica Álvaro Pastor Torres en su trabajo «Iconografía e iconología de la Inmaculada en el monasterio sevillano de Santa Paula», en el que hace referencia a la historia de esta forma de representar a la Virgen, «a partir del siglo XV, con la Tota Pulchra, el tema quedó perfectamente consolidado y con las características que han llegado hasta nosotros: la Virgen sola, en actitud orante, vestida con sobretúnica, con la melena suelta o a veces cubierta con un fino velo transparente de gasa o tul». Este atuendo, según Pastor Torres, deriva del mundo romano, «ya que en las representaciones más antiguas suele ser de color jacinto, siguiendo lo fijado en el Éxodo».
No obstante, ya en el Barroco, como consecuencia de la visión de Beatriz de Silva, «se generalizó el uso de la túnica blanca, signo de pureza e inocencia, pero también color apocalíptico de la Iglesia triunfante».
De esta forma, la Inmaculada se representa con una aureola de doce estrellas, en referencia a las doce tribus de Israel, tal y como se recoge en el libro del Apocalipsis: «Una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en la cabeza».




Pacheco, el primero

La Inmcaculada con Miguel Cid, de Pacheco, y la Inmaculada de Velázquez de la National Gallery
La Inmcaculada con Miguel Cid, de Pacheco, y la Inmaculada de Velázquez de la National Gallery
El primero en basarse en la descripción de la monja fue Francisco Pacheco. El de Sanlúcar de Barrameda, en su tratado «El arte de la pintura», aconsejaba pintar a la Inmaculada con túnica blanca y manto azul, aunque también la pintó con túnica de color jacinto, como se hacía desde la Edad Media, como es el caso de sus obras «Inmaculada Concepción con Miguel Cid» (Catedral de Sevilla) o su «Inmaculada Concepción con la Trinidad» (parroquia de San Lorenzo).

Velázquez incorpora a Sevilla

Velázquez, que respetó esos parámetros marcados por Pacheco, sin embargo, siguió plasmándola como se hacía anteriormente: con túnica roja. El pintor sevillano aportó una novedad: le incluyó elementos en el fondo como la Torre del Oro o la Giralda, además de los elementos clásicos del paisaje.
Alonso Cano, por su parte, compañero de Velázquez, tanto en su faceta de pintor como de escultor ilustró esta iconografía de la misma manera.
«La Colosal», de Murillo
«La Colosal», de Murillo

Hasta que llegó Murillo…

Desde que Pacheco pintara su primera Inmaculada, en 1612 —la que está en la Universidad de Navarra—, hasta que hiciera lo propio Murillo, pasaron casi cuarenta años. Su primera representación de la Purísima es, probablemente, la «Concepción Grande» del Museo de Bellas Artes de Sevilla, fechada en torno a 1650.
Desde el primer momento, el pintor sevillano rompió los moldes establecidos para ilustrar esta iconografía. La dotó de dinamismo, con el vuelo del manto azul y, por supuesto, con una túnica blanca. La diferencia fundamental con sus antecesores fue que Murillo prescindió de los atributos marianos, dejando únicamente la luna bajo sus pies y el «vestido de sol», que lo representaba con el fondo de color ámbar.
En sus casi veinte representaciones de la Inmaculada, siendo el pintor más prolijo y por lo que lo llamaron el «pintor de las Inmaculadas», consolidó esta representación de María tan extendida por el mundo y fue copiado, a partir de ese momento, por los pintores y escultores que le sucedieron.
La Cieguecita
La Cieguecita

Los escultores

Regresando a la época en la que en Sevilla se batallaba por el asunto del Dogma, en los círculos artísticos de la ciudad se movía Juan Martínez Montañés. Junto con personajes como Francisco Pacheco o Miguel Cid, era un ferviente defensor de la concepción sin pecado original de la Virgen. Por encargo de los jesuitas ya había representado esta iconografía, y también había realizado otra para el convento de Santa Clara.
Sin embargo, no fue hasta que talló a la «Cieguecita» de la Catedral cuando las Inmaculadas comenzaron a tomar auge en la escultura. ¿Y saben quién policromó a esta imagen? El mismísimo Francisco Pacheco, como muestra de que los grandes escultores contaban con los mejores pintores de la época para darle color a sus imágenes.
Pasaron los años y, con Murillo, se forjaron las bases de cómo debía representarse a la Virgen en Sevilla. Así, la Real Escuela de las Tres Nobles Artes marcaba las siguientes pauta: «Después de la imitación de los griegos debía emularse a Murillo en pintura y a Pedro Roldán en escultura», tal y como recoge el doctor en Historia del Arte Álvaro Cabezas, en su libro «Gusto orientado y fiesta pública en Sevilla».
Era el siglo XVIII, en la escuela enseñaban profesores como Blas Molner y Cristóbal Ramos. En el caso de este último, un «murillista convencido», se inspiró en modelos del pintor sevillano para realizar a la Virgen de las Aguas del Museo, a la que se la conoce como «la Inmaculada dolorosa»,como ya se contó en un reportaje.




museo-dolorosa
Cristóbal Ramos no sólo se basó en los modelos de Murillo para pintar a las Inmaculadas. El propio pintor plasmó en algunas dolorosas ese aire inmaculista, aunque no pertenezcieran a la misma iconografía. Ahí están los ejemplos de la dolorosa del Museo de Bellas Artes o la del Prado que, si se comparan con la Virgen de las Aguas, se aprecia que esta última tiene una clara inspiración en estos modelos.

La Inmaculada de Bagdad

Tan extendida está la obra de Murillo que, hace cinco años, se descubrieron copias de su obra en Irak, durante un ataque de Al Qaeda a una iglesia cristiana, en la que fallecieron 46 feligreses. Era el templo de Sayida An Nayá, que quedó destruido, aunque se salvó el ábside. El mismo estaba repleto de copias de obras de Murillo, como la Inmaculada.
Se trataba de reproducciones de la Inmaculada de Soult, también conocida como la de los Venerables, la Anunciación —ambas en el Museo del Prado—, el Taller de Nazareth y la Anunciación de los Pastores

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