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Llamador y palabra, el arte de dedicar una levantá y el de no hacerlo

06 diciembre 2017

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Antonio Santiago / J. A. BANDERAEl verbo de algunos capataces hodiernos ha contribuido a colorear nuestra fiesta. Eso es innegable. ¿Alguien puede entender la Semana Santa actual sin la ‘sangre verde’ de Luis León, la ‘canela y clavo’ de Alberto Gallardo o ese ‘trianear’ que es un verbo intransitivo y rotundo acuñado por Manuel Vizcaya? Dicho esto, es de sentido común reconocer que la locuacidad de los más poetas no desmerece ni achica el mérito de los más sobrios, herederos de aquella otra forma de llevar los pasos. Cada maestro tiene su martillo y… su palabra.








Pero volvamos al arte del capataz pregonero y aquellas felices expresiones. Nacieron en la galera del esfuerzo costalero, como si el seco martillo las hubiera rubricado definitivamente en el libro de albaranes de la historia. Con todo, esa historia del costal tiene más de cuatro siglos. No siempre la gente de abajo ha merecido la atención de los cofrades y curiosos que se desplazaban a Sevilla en Semana Santa. Nadie ponía el foco bajo las trabajaderas. Era cosa de trabajadores poco cualificados. O cualificados con un excepcional lomo a prueba de kilos. Solo unos cuantos cofrades tenidos casi por excéntricos le habían encontrado sentido a prestar sus pasos a Dios y se regalaban unas chicotás. Así lo reflejan los escritos de principios de siglo, particularmente las jugosas crónicas de Chaves Nogales.

Las llamás, sobrias

Ese era el mundo que Juan Borrero conoció casi en sus postrimerías y que tomó como estilo propio. “Se dedicaban las levantás, claro, por fulano o por mengano pero no se gritaba tanto. Cuando yo mandaba los pasos de la Esperanza de Triana no me gustaba hablar en alto. A veces los de la primera y segunda trabajadera tenían que avisar a los demás de que yo estaba ya llamando.”

Ese es el mismo estilo sin arrequives que mantienen vivo fértiles sagas de capataces como los Ariza o los Villanueva. Ni mucho menos una forma en vías de malograrse. Carlos Villanueva confirma que siempre han existido esas levantás dedicadas, pero que en su caso es siempre el fiscal de paso el que las autoriza y es siempre la hermandad la que tiene la iniciativa. “De cara al costalero es diferente. … depende del motivo personal o de alguna cuita familiar… se hace discretamente siempre y que se quede abajo. Eso es lo que hemos heredado de la época de los asalariados”.

Aquel mundo de los profesionales era el mundo de la levantá pagada. Lo propio era dar una limosna a cambio. Así lo recuerda, por ejemplo, Alberto Gallardo. “Daban unas dos mil o tres mil pesetas que se metían en el sobre de los costaleros y luego se repartían”. Borrero se remonta a tiempos pretéritos, cuando salía con pantalón corto a sacar cofradías junto a su padre y su tío, Jeromo y Alfonso: “…a lo mejor llegaba la señora del mayordomo y pedía una levantá y daba cinco, diez o veinte duros. A veces se repartía entre los costaleros, pero había capataces que se lo quedaban.”

La radio

Ahora todo ha cambiado y se debe a la entrada en juego de los medios de comunicación y particularmente a la Semana Santa radiada. “Hay capataces que ven una alcachofa y se vuelven locos”, comenta Rafael Díaz Palacios, quien este año gracias a la radio ha podido ponerse en el otro lugar: “El Lunes Santo estaba en la UCI y me dedicaron algunas levantás que yo agradecí mucho…”

La versatilidad del medio hace posible trasladar a los oyentes todos los sonidos y convertir las calles de Sevilla en un gran estudio. Por eso el auditorio de las llamás crece hasta lo insospechado, y esa circunstancia suscitaba que surgiera un estilo distinto de capataz poeta en el que Manolo Santiago abrió una espita. Ahí han dejado y dejan su huella hombres como Luis León, Alberto Gallardo, Rafael Díaz Palacios o Manuel Vizcaya.

El trianero lo tiene muy claro. “Es necesario que el capataz anime a los costaleros de esta manera, porque tocándole la fibra sensible les da fuerza y rinden mejor bajo la trabajadera.” Gracias a esa forma de conectar con su gente y con los que le escuchan se ha sentido útil. “Le dediqué una levantá de la Virgen del Rosario de Montesión a una niña que había muerto. Su madre estaba delante y le dije: ¿Tú ves la luz que lleva la Virgen en la cara? Es tu hija. A mí me salió decirlo en ese momento y supe que eso le iba a ayudar.” Vizcaya es posiblemente el único capataz de Sevilla al que han ido a devolverle una levantá. No es que no fuera de su talla. “Este año vino un señor a darme un clavel seco. Era el mismo clavel que yo le había dado el año anterior tras dedicarle el golpe de martillo a su hijo. Me lo devolvía porque su hijo ya estaba sano.”

El piropo

A Alberto Gallardo le dio por la canela y clavo una madrugada de Viernes Santo poco antes de acometer la Cuesta del Bacalao. No tiene claro a qué musa se lo debe… y se lo debemos. Él ha vivido la transición entre ambos estilos. “Siempre se han dedicado las levantás y yo lo he hecho con mucho cariño hacia la madres, esposas o hijos de los costaleros, o a lo mejor a alguien que he visto en silla de ruedas viendo las cofradías en la calle y se me ha ocurrido dedicárselo con todo el cariño. Es cierto que ahora hay más levantás, pero tampoco hay que rasgarse las vestiduras por ello”.

A veces este tipo de gestos y dedicatorias espontáneas tienen su contrapartida, como comenta con todo el arte Rafael Díaz Palacios. “Me pasó que una persona me pidió una levantá por su primo que había muerto; otra me pidió una por su hermana que también había muerto. Así hasta cinco o seis, hasta que decidí dedicar una en general por todos los fieles difuntos. ¡Ya me sentía como el portero del tanatorio!”

Díaz Palacios da con la clave de este estilo de mandar los pasos. “Son cosas que salen de dentro. Hay personas que saben llegar… y otras que no. Hay que tener sentimiento, como en cualquier otra profesión. Yo no llevo las cosas preparadas. Me sale así.”

Los ecos de la Semana Santa vienen condicionando el propio hecho contado. Pero este reportaje no debe servir para reducir el mundo a solo hay dos formas de mandar los pasos y armar así otro argumento de esa socorrida y falsa dualidad sevillana. Hay tantas maneras como hombres valientes que guían los pasos por las calles de Sevilla.

Las llamadas más conocidas

Antonio Santiago recuerda a su padre Manuel Santiago en la incorporación de su hijo a la cuadrilla de la Paz, en 2010.

-¡Osunaaaa!

-¡Así se escribe la historia! Qué suerte tienes tú, costalero de su abuelo y ahora compañero. ¡No tiene que estar contento su abuelo hoy, sabiendo que su amigo lo lleva a su lado! ¡Esta levantá por mi padre!

Manuel Vizcaya en la salida del Cristo de las Penas de la Estrella en 2005

«Esta levantá quiero que vaya por los políticos que nos gobiernan que, siendo laicos, espero que no solo nos permitan sino que también nos faciliten criar a los nuestros en nuestra fe, que es la fe del respeto y del cariño al prójimo. Y por eso hoy vais a ir trianeando con el hijo de Dios para Sevilla, ¡pa que el mundo entero sepa que Sevilla será siempre católica, apostólica y mariana!»

Manuel Garduño, en el paso del Soberano Poder de San Gonzalo, a punto de entrar en la Magdalena, donde se refugió de la lluvia el Lunes Santo de 2005.








«No extrañaros de que… vamos, las poquitas gotitas que han caído hoy serían sus lágrimas, cuando vio a su Cristo y no estaba él aquí. Seguramente él tendrá la culpa un poco de esto. ¡Al cielo por mi padre! ¡Tos por igual valientes!»

Manolo Santiago ante el paso del Resucitado en las Hermanas de la Cruz.

«¿La que manda aquí quién es? Por favor venga usted a tocar el martillo del paso del Señor».

Suena el martillo y el paso se levanta a pulso. Manolo Santiago se dirige a los costaleros:

«No lo quiero ver subir. Ha tocado el martillo una mano bendita. Que Dios la bendiga a ella… Así hay que morir. Hay que morir gota a gota y no de repente. Que ellas sepan que si son mártires, hay también hombres que pueden ser mártires también. Mi corazón se queda aquí».

Manolo Santiago en la hermandad de la Paz:

«Joaquín, llevas quince años entregado a esta Madre de la Paz. Este año, porque Ella lo ha querido, eres padre del nazareno más chico que tiene esta cofradía: tu hijo. Esta levantá va por tu hijo, para que siga la tradición. Que los años se rompan en el tiempo, pero que el amor del costalero siga vivo. ¡Por tu hijo!»

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