Crónica de la memoria revivida

02 octubre 2017

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El traslado

El gesto serio, la cara de circunstancia de los miembros de la junta de gobierno de la hermandad de la Cinta, reunida de emergencia en la sacristía de la catedral, lo decía todo. La lluvia, esa invitada que se cuela sin que nadie la invite en tantas ceremonias de coronaciones canónica, amenazaba con arruinar la felicidad del día tan largamente esperado por tantos cinteros, por tantos onubenses.
Llovía. Un fuerte aguacero, incesante, que durante toda la noche caía sobre la ciudad, impedía el traslado de la Virgen de la Cinta desde la Merced hasta la casa de hermandad del Rocío, desde donde tendría que salir aquella tarde del 26 de septiembre del mítico año 1992 hacia el recinto donde habría de ser coronada, en la cercana y recién estrenada Avenida de Andalucía. Aún no había amanecido. Eran las seis de la mañana.
Alguien, con más fe que certeza, con más deseo que seguridad, convence al resto de oficiales de gobierno para que, a la primera ocasión que se pudiera, más pronto que tarde, al primer claro que hubiese, el paso de la Virgen, adornado esa mañana con un solo centro de flores rosas, fuera trasladado para que, si el tiempo mejoraba, La Cinta pudiera ser coronada tal y cómo (y dónde) se había proyectado, cosa que si la Sagrada Imagen no estuviera en la Hermandad del Rocío de Huelva, no sería posible.
El paso, acompañado por los campanilleros, realizó con el esfuerzo y responsabilidad de sus costaleros, un rápido traslado que apenas duró poco más de tres cuartos de hora. El primer obstáculo había sido salvado. Pero el desasosiego, la incertidumbre y el desconcierto, no había hecho más que empezar. Amanecía sobre Huelva y amanecía lloviendo. E incluso con más fuerza.
Hace veinticinco años, las predicciones meteorológicas no tenían, ni mucho menos, la inmediatez ni la precisión con la que hoy contamos, ni tan siquiera a tan corto plazo de poder predecir a las ocho de la mañana lo que ocurría a las seis de aquella misma tarde y ni en el centro del aeropuerto de San Pablo, única referencia fiable para estos casos, se aclaraban ni aventuraban a predecir la evolución meteorológica. Había que tomar decisiones y había que tomarlas ya, urgentemente.
Así que previendo lo peor se decidió montar un altar alternativo en la Merced por si el tiempo no mejoraba, a donde sería trasladada de nuevo la imagen de la Virgen si fuera necesario, aunque en esta ocasión se hubiera realizado en privado, y apurando hasta última hora la posibilidad de que se celebrara la coronación en la Avenida de Andalucía.
Serían sobre las diez de la mañana y seguía lloviendo. Tal como se había acordado se empezó a trasladar desde el santuario todo lo preciso hasta la Catedral, blandones, ciriales, ajuar litúrgico, soportes, servicio de altar para la eucaristía; desde el ayuntamiento, las sillas para la corporación municipal; desde diputación, otras tantas para el protocolo de invitados… Y aprovechando el altar de novena que aún estaba montado en la Merced, todo quedó preparado por si hacía falta poner en marcha el “Plan B”, que hasta aquellas horas de la mañana parecía más que probable.
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La Virgen de la Cinta en la Casa Hermandad del Rocío de Huelva/ MAVV.
A mediodía, como cortado a cuchillo, el cielo empezó a abriese y dejó de llover. Desde la Plaza de los Capellanes, en la explanada delantera del Santuario, que se había convertido en improvisado observatorio meteorológico, se podía apreciar cómo el cielo, oscuro hasta hacía unos minutos, se tornaba en ese azul que es  emblema de Huelva, renaciendo en todos la ilusión, cada segundo más cierta, de que la coronación de la Virgen de la Cinta se haría tal como se había proyectado, tal como se había soñado, en la que tanto empeño, tanto trabajo y tantos desvelos, se había puesto.

La Coronación

Como el tiempo mejoraba radicalmente por momentos, se decidió montar el altar en la Avenida de Andalucía, con lo que conllevó  tener que trasladar de nuevo todo lo que ya estaba en la Merced, excepto el dosel de novena, como en un principio estaba previsto. Pero el tiempo, esta vez el horario, el del reloj, apremiaba. Hubo que retrasar la hora de comienzo de la ceremonia prevista para las seis de la tarde porque no daba tiempo material a tenerlo todo correctamente dispuesto.
Y ahí surge un problema. El acto no se podía retrasar mucho puesto que el Legado Pontificio para la coronación, los cardenales y obispos que concelebrarían el pontifical, amén de autoridades y representaciones, tenían que asistir a la clausura de los Congresos Mariano y Mariológico que se celebraría a la mañana siguiente bastante temprano en El Rocío y a la que sasistirían los presidentes de honor SS MM los reyes de España.
No sin cierta tensión entre los organizadores y responsables del acto se acordó retrasar dos horas el comienzo de la coronación. La Virgen saldría de la hermandad del Rocío a las ocho de la tarde. Hubo quienes se fueron solo veinte minutos antes a su casa  para asearse y ponerse el traje, con el agua al cuello y a punto de sonar la campana. Pero todo quedó dispuesto, tal como se había proyectado.
Y como Dios escribe derecho sobre renglones torcidos, aquella mañana de trasiego, incertidumbre, rayando con el agotamiento físico en muchos, permitió que el acto de la Coronación Canónica de Nuestra Señora de La Cinta fuera de una brillantez y un esplendor absolutamente desconocidos hasta entonces.
Llegó la hora de trasladar a la Patrona de Huelva al altar. La tarde se tornó espléndida, limpia, con esa luz que solo Huelva sabe ponerle a sus mejores ocasiones; pero con un frío más que considerable.
El mayordomo, que por razones de su cargo tuvo el honor de portar las coronas del Niño y de la Virgen hasta el altar, recuerda el nerviosismo unido a la tensión del momento y al frío que agarrotaba sus músculos, pero que se le quitó de golpe cuando al entrar en aquel recinto, el inmenso gentío que esperaba desde hacía horas el comienzo de la ceremonia irrumpió en un estruendoso y largo aplauso cuando apareció a la vista de la gente las coronas sobre aquel cojín rojo y la Medalla de la Ciudad que llevaba el concejal más joven de la corporación municipal. Y aún recuerda y siente el frío en los pies con el chapoteo de los zapatos en las moquetas del presbiterio empapadas todavía por la lluvia de aquella mañana.
Aquel aplauso a la corona se convirtió en delirio cuando minutos después apareció el paso de la Virgen con andar presuroso. El paso llevaba el juego completo con sus ocho jarras (que desde entonces no luce) con sendos buqués de claveles blancos y nardos en sus centros y esquinas. El paso, ya casi de noche, remontaba la empinada rampa y aparecía en el altar que recreaba la fachada del santuario del Conquero. El momento había llegado.






Ceremonia portentosa, brillante. Solemnidad y fervor equilibrando la balanza de la devoción a la Cinta. Momento indescriptible cuando el Legado Pontificio, D. Eduardo Cardenal Martínez Somalo, con el gesto solemne como corresponde a un camarlengo de la Iglesia, asistido por el recordado obispo de Huelva D. Rafael González Moralejo, ceñían las sienes, primero la del Niño de las Sandalias y luego la de su Madre de la Cinta entre las lágrimas de muchos y el aplauso de todos, mientras el cielo de Huelva, ya sereno y limpio, se llenaba de colores con los fuegos artificiales mientras la coral polifónica interpretaba el Aleluya de Haendel.
Acto seguido, el Ilmo. Sr. D. Juan Ceada Infante, Alcalde Presidente del Excmo. Ayuntamiento de Huelva, imponía sobre la sagrada imagen la Medalla de Oro de la Ciudad, que en nombre de la ciudad de Huelva, junto con D. Julio Buendía González, el hermano mayor, actuaba como padrino de la coronación,  sellando así, y por si hubiera alguna duda, el amor devocional, ancestral y permanentemente renovado, de Huelva hacia su Excelsa Patrona y Perpetua Alcaldesa.
La Virgen ya estaba coronada canónicamente. Dos horas y media después de que el paso se posara en el altar, cuyo suelo y alfombras todavía rezumaban el agua caída  aquella mañana, el paso de la Cinta se volvía a levantar comenzando así una  procesión triunfal, fervorosa y vibrante que la llevaría, ya coronada, hasta el corazón de Huelva, hasta la parroquia de la Purísima Concepción.

La triunfal procesión

Aquella multitudinaria procesión, convertida en fervorosa manifestación de cariño a la Virgen de la Cinta se alargó más de lo esperado. El paso de la Patrona, aun discurriendo por espacios amplios y abiertos, como la Avenida de Andalucía, andaba con dificultad por el gentío que se agolpaba a su alrededor. La tirada de pétalos, espontáneas, se sucedían en el itinerario que la llevó aquella memorable noche hasta la Diputación y el Ayuntamiento, queriéndose agradecer así a estas instituciones toda la ayuda prestada, no solo en el acto de la coronación en sí, sino en todo lo que antecedió (meses antes) a aquella inolvidable jornada.
Ofrenda en el Colegio de Farmacéuticos, salve en las Agustinas, casi sobre los pies la Virgen fue acercándose a la parroquia de la Concepción, rodeada por las mismas muestras de fervor que desde el inicio de la procesión, donde hizo su entrada triunfal pasada las cuatro de la madrugada.
Allí, a la semana siguiente, se le tributó un triduo de acción de gracias, entronizado su paso en el altar mayor sobre el fondo de moaré celeste (color primero y principal tradicionalmente en la Cinta), ya desaparecido.
Al atardecer del sábado tres de octubre, la Virgen fue trasladada en su paso adornado con claveles rosa traídos expresamente de Colombia (los primeros de aquella especie que vinieron a Huelva) hasta su santuario por el camino tradicional de las Colonias, donde siguieron las muestras de fervor a su paso, como si de cualquier ocho de septiembre se tratara.
Cercana la media noche, con el estruendo de los fuegos artificiales, la Virgen de la Cinta entraba en su santuario acabando así de escribir una de las páginas más brillantes de la historia cintera, de la ciudad que la tiene por patrona y de toda la (todavía joven) Diócesis de Huelva.

Anécdotas y recuerdos

De aquellos inolvidables días, recuerdos, todos; anécdotas, todas; como para escribir un libro. Pero un libro de esos de “edición corregida y aumentada”, un auténtico tocho. Y por encima de todos, el recuerdo de alguien, ya tristemente desaparecido, sin cuya participación, capacidad de organización,  de resolución y de trabajo, nada hubiera salido como salió, nada hubiera sido como fue.
Con aquel primitivo teléfono móvil, algo menos voluminoso que una caja de zapatos (del 45), apoyado entre el hombro y el oído, comprobando y volviendo a comprobar los apuntes, los planos, la perfecta distribución de cada elemento, recorría arriba y abajo, una y otra vez, el recinto de coronación con gesto serio y abstraído controlándolo todo. Juan Manuel Gil García en la extraordinaria organización de aquel evento fue una pieza fundamental y responsable primero de aquel memorable momento de la Coronación de la Virgen de la Cinta. Y que no dudó, junto con otros dos miembros, en ceder su lugar en los asientos reservados para la junta de gobierno para que pudiera ser ocupado por otras personas al producirse, a última hora, un cambio en aquel complicad protocolo, siguiendo la ceremonia “a pie de calle”. Justo en el momento de la coronación, en el pasillo central de aquella explanada, contempló ese preciso instante. La satisfacción y la emoción en su rostro sería difícil de describir. Seguro que Ella ya se lo habrá premiado.
Un recuerdo también para quien fuera pilar de la devoción cintera en la segunda mitad del siglo XX, transformador del santuario y su entorno tal como hoy lo conocemos, que junto a su señora fueron benefactores impagables de la Cinta y que declinó asistir a la coronación porque la emoción de ese momento por el que tanto había luchado podría pasarle factura a su ya mermada salud. Fuerza de voluntad de acero el quedarse en casa viéndolo por televisión.
Y el recuerdo agradecido al Excmo. Sr. D. Juan Mairena Valdayo, Prelado de Honor de Su Santidad, que fue quien verdaderamente puso “la pelota de la coronación en el tejado” de Huelva…Y de la diócesis.
Y anécdotas, ni sabría por dónde empezar. Desde la de aquel oficial de gobierno, el mismo que había llevado la Bula Pontificia al altar, que rendido por el cansancio, se quedó literalmente “frito” en un banco de la Concepción, debajo del cuadro de las Ánimas Benditas, esperando la llegada de la Virgen, a la de aquel querido y recordado sacerdote que al vitorear a la Virgen, lo hizo con el nombre de otra advocación, provocando el murmullo de desaprobación de los que acompañaban a la Virgen Chiquita.
O la de aquella señora, piadosa y devota, que al ser entrevistada por una emisora de radio local, expresaba vehementemente su alegría porque la Virgen de la Cinta hubiera sido coronada…reina de las Fiestas de la Hispanidad (sic), supongo que sería por la proximidad del barrio al lugar donde se celebró. Pienso yo.
También sería digno de recordar la figura del Padre Melado, polaco, Presidente de la Pontificia Academia Mariológica Internacional de Roma, con su rotunda bondad y su oronda humanidad, siempre con hábito de fraile, que parecía salido de un cuadro de Zurbarán.
O el reloj (¿se dice peluco?) que llevaba cierta dignidad americana regalo de su diocesanos, ¡qué nivel!
También para la memoria la reacción del Cardenal Martínez Somalo al asistir a la ofrenda de flores a la Virgen la tarde anterior a su coronación y al percatarse de que no traía flores, no tuvo reparo alguno en apañar un manojo de gladiolos cogiéndolos de uno de los centros que todavía adornaba el altar de la novena recientemente celebrada.
Para el recuerdo, también, la firma que dejó en el libro de la Cinta el que fuera presidente de la República de Italia, Julio Andreotti, firmando así: Julio Andreotti, Senador de Roma.
O la visita que pudo ser y no fue, la de cierto cardenal alemán que días previos a la celebración de la coronación sufrió una caída, fracturándose la cadera, un tal Joseph Ratzinger, el que andando el tiempo sería SS El Papa Benedicto XVI, y cuya intervención, como Prefecto para la Fe, se tenía prevista en los congresos.
Y, para terminar, el curioso hecho de que el auditorio de la Casa Colón se inaugurara con la celebración de los congresos, con la imagen mural de la Virgen de la Cinta (la que hoy custodian la RR MM Oblatas) en el escenario flanqueadas con banderas papales. El Himno Pontificio del Estado Vaticano fue el primero que sonó en el recién construido auditorio. Para la Historia.






Gestos, momentos, recuerdos, de un tiempo en el que Huelva supo demostrar su capacidad para asombrar a propios y extraños cuando acomete alguna empresa que la ilusione, la que quiso y supo saldar una lacerante deuda hacia su patrona ofreciéndole una coronación canónica y unos cultos y unos actos de enorme altura que duraron más de un año, y que sirvieron de revulsivo para dar un zamarreón al Pueblo de Dios en Huelva, un tanto aletargado, revitalizando en algunos y suscitando en las nuevas generaciones la devoción a la Virgen de la Cinta en los hijos de esta Huelva que, como dice el texto de la novena, “no quieren más tesoro que Su corazón, más riqueza que Su afecto ni más gloria que una mirada de Sus ojos, que nos convida a asirnos a su misteriosa Cinta”.
Salvo error u omisión, o lapsus mental (la edad no perdona), así lo recuerdo, así lo viví y así os lo cuento, dando gracias porque la Virgen de la Cinta me permitió vivir aquellos momentos y revivirlos veinticinco años después.
¡¡¡VIVA LA VIRGEN DE LA CINTA!!!
Manuel Gómez Beltrán, mayordomo de su coronación y prioste en el veinticinco aniversario.

http://www.larebujina.es/cronica-la-memoria-revivida/

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