Una historia sin apellidos

13 septiembre 2017

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La Virgen del Cerro del Águila, el pasado Martes Santo. / Jesus BarreraLa Semana Santa nos sorprende, en lugares inesperados, en momentos inverosímiles, con personajes anónimos

Esta no es la historia de Adrián, sino la mía. Aunque sea Adrián el verdadero protagonista. Lo es de mi vivencia de un Martes Santo que se quedará para siempre en el recuerdo, apuntalada por una moraleja, por una enseñanza, en los rincones más profundos de mi alma cofradiera.

La imagen que hace de símbolo a esta vivencia es la de una mano que se retuerce en un ademán imposible, y que se interpone en mi visión de la Virgen de los Dolores. Que parece acariciarle el rostrillo en la superposición de los planos: la mano, la Virgen. Pero aunque esa sea la imagen que la evoque, esta historia merece la pena ser contada desde el principio, y ese es casi el final.

Dos de mis sobrinos se han quedado en casa, con mi hijo. Les he prometido un Martes Santo que no olvidarán, y que empezará y terminará con la cofradía de La Candelaria, donde nos hemos sentido queridos y arropados en la gestación del Pregón del Cofrade, que he tenido el orgullo de pronunciar. Si aguantan, por la noche, a los Jardines y, luego, a San Nicolás, pero a primera hora de la mañana, a misa a la parroquia, a repartir abrazos que son metáfora del deseo de que los hermanos tengan una excelente estación de penitencia. Es su día grande. Luego, a San Esteban, a desear también toda la suerte a un hermano mayor que se estrena en la más grande responsabilidad en su día, que también es el más grande.

Parada para un aperitivo, que uno de mis sobrinos dice tener «más hambre que un borrico», y paseo hasta el Cerro, que es uno de los escenarios de mi infancia, a disfrutar de la hermandad en su barrio.






El camino es largo y el calor, intenso. Alcanzamos a la cruz de guía en las Casas Baratas de Ramón y Cajal, y al Señor en el Antiguo Matadero. «Vamos a darle paso a la trasera, chavales, a ver si la Virgen no ha salido aún del barrio». Y allí está. Nos apostamos sobre el asfalto en la esquina de Aragón con la Avenida de Hytasa.

Decido no adentrarme con los niños en la espesura de un barrio que espera a su Madre para despedirla. Y la esperamos en un lugar que no inspira ni el recogimiento ni a la lírica al contarles los hitos de la historia de una hermandad que vi crecer. Al fondo de la avenida se percibe el fragor del tráfico. Rótulos estridentes de comercios, moles de ladrillo visto que son el hogar de cientos de familias humildes, como frontera permeable de las calles de un pueblo exportado a la ciudad. Mirando hacia adentro, aún sin los rumores de la banda, el paso de palio avanza en un ágil balanceo de mecidas, rompiendo la bruma de incienso. Dos mundos en uno. El barrio y la ciudad. El murmullo de las oraciones y el rugido de la cotidianidad urbana.

Justo delante, dos ancianas sostienen por los brazos a un muchacho. Él les habla, con cierta dificultad al articular las palabras, pero enhebrándolas en un discurso preciso, cargado de conocimiento y de sabiduría. Se acerca la Virgen y el muchacho se estremece. Las piernas dobladas sobre sí mismas por un golpe prematuro del destino, probablemente en los primeros instantes de su vida en los que sufrió una parálisis cerebral, pierden la fuerza. Las ancianas se afanan para calmar el acceso de emoción. «¿Qué te pasa, Adrián?» «¡Que me van a dedicar esta levantá!»

El capataz, que lo ha visto al salir de la calle, lo busca con la mirada y, con una caída marcial de la cabeza, le indica que va por él. El terno negro se pierde bajo los faldones, para que la arenga quede en la intimidad de la cuadrilla. Suena el martillo, y la Virgen de los Dolores se despide de El Cerro del Águila con un vuelo poderoso, noble, elegante... como el de la regia rapaz que da nombre al barrio.

Al mismo tiempo, por encima de los hombros de la multitud se eleva la mano de Adrián. Los nudillos quieren salirse de los dedos. Las falanges se retuercen como troncos de olivo. Esa mano dictada a la fisonomía por el destino cruel de una complicación en el día que Adrián vio la luz del mundo se cruza en mi visión de la Virgen de los Dolores. Le rezo sosteniendo los hombros de los niños que me acompañan, mirándola a Ella a los ojos, cuando la mano de Adrián recoge perfectamente en mi visión la dulzura de la cara de la Señora del Cerro. Como si esa mano hubiera sido tallada por un imaginero para adaptarse a cada facción divina. Con precisión calculada. Fe y trigonometría.






«¡Guapa! ¡Guapa!» grita Adrián en un arrebato eterno. Cada piropo es una estela cadenciosa que arrastra sonidos y sentimientos. Les cuesta salir de la garganta, tal vez porque vengan cansados de un largo viaje desde el fondo del corazón.

Las ancianas buscan desesperadas ayuda de quienes les rodean. Ya no pueden con el muchacho, que se derrumba después de entregar las últimas fuerzas de la mañana a cantar la belleza de su Madre Divina. Me acerco a relevar a una de las mujeres, sosteniendo a Adrián por los brazos, y lo mismo hace un hombre que también ha contemplado la escena. Él nos busca con la mirada, mientras le llevamos a un coche que le espera al otro lado de la avenida. «Me llamo Adrián. Soy hermano del Cerro», repite, como una fórmula mágica para que se abran los hombros apretados del gentío, franqueando el paso.

Mi hijo y mis sobrinos me siguen, y cuando me ven derrumbarme, deshecho, tras despedirme de Adrián y de las señoras que lo acompañan, se preocupan. «¿Qué te pasa, papá?». «¿Por qué lloras, tito?».

Les digo que si me aguantan al final del Martes Santo, cuando estemos a oscuras en los Jardines de Murillo, se lo contaré. Llamo a Antonio, amigo de la infancia con quien viví la alegría del barrio, de ver crecer a una cofradía adolescente, como nosotros. «Tenemos que vernos, hermano, y compartir estas experiencias con una cerveza». Antonio siempre pragmático, celebrando la vida, encontrando siempre la innecesaria excusa para celebrarla.

Tengo otros amigos en la hermandad del Cerro, pero me tengo que aguantar las ganas de contarles lo vivido; van revestidos con un hábito nazareno. Andando el tiempo, les preguntaré por Adrián. A Manuel, a Luis... y me hará falta solo su nombre para que lo identifiquen. Resulta que Adrián es célebre en la hermandad. Que cosechó un aplauso unánime en un cabildo general cuando fue el único hermano que realizó un alegato para que el Nazareno de la Humildad también haga estación de penitencia. Me cuentan que Juan Manuel, el escultor, y que Pepe, el hermano mayor, le devuelven todo el cariño que Adrián les ha brindado con gestos que consiguen emocionarle y hacerle perder la fuerza de las piernas. Una visita al taller. Una invitación a la bajada del Cristo... Una levantá de la Virgen al despedirse del barrio.

Llega la madrugada de un Martes Santo inolvidable, que ya es Miércoles. San Esteban es en Águilas una fiesta que nos atrapa. En nuestro horizonte, el Paseo de Catalina de Ribera, la densa oscuridad de los jardines que se abren a la luz de una cofradía en la que nos hemos sentido queridos.


«¿Por qué llorabas esta mañana?».

«Son los pellizcos que más retuercen las entrañas. Yo esperaba vivir con vosotros este momento. Inaugurar para vuestra colección de vivencias el paso de La Candelaria por los Jardines. Me emocionará, y sé que os emocionará. Lo recordaréis siempre... pero las vivencias que se clavan más hondo en el corazón del cofrade son las que no se esperan. ¿Dos de la tarde, en una avenida que una cofradía comparte con los autobuses? ¿Cómo es posible? Pues esa es la grandeza de la Semana Santa. Hoy he vivido algo a lo que le encuentro sentido, porque conecta a lo divino y a lo humano. Nuestra fe con aquello que le da sentido. La mano de Adrián, y el rostro de la Virgen a la que gritaba ‘Guapa’, y sobre todo, la posibilidad de conocer a alguien tan grande como él».

Esa era la prometida moraleja: la Semana Santa nos sorprende, en lugares inesperados, en momentos inverosímiles, con personajes anónimos. Como Adrián. Por eso el lector no encontrará en esta historia ni un solo apellido. Porque yo puedo ser cualquier cofrade. Juan Manuel cualquier imaginero. Pepe cualquier hermano mayor. Antonio cualquiera de mis amigos, aunque sea uno muy especial. Todos guardamos para siempre historias sin apellidos, pero que se han forjado en el fuego inextinguible de nuestras creencias.


«Carmen, ¿tú me darías un espacio en el Más Pasión? Necesito contar algo que me pasó ayer, en El Cerro».

http://elcorreoweb.es/maspasion/una-historia-sin-apellidos-MD3317916

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