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Las obras desconocidas de Font de Anta

03 septiembre 2017

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jose-font-anta-vCuenta la leyenda que el rey de la taifa de Sevilla,Al-Mutamid, se encontraba paseando por las orillas del Guadalquivir jugando a improvisar rimas con su favorito, Ibn Ammar. Mientras elaboraban la casida, sobre el río se levantó una brisa que hizo inspirarse al monarca, que dijo…
–El viento teje lorigas en las aguas.
Esperando la respuesta de Ammar, una voz femenina de una muchacha escondida entre los juncos, completó la rima:
–¡Qué coraza si se helaran!
Se trataba de Rumaikiyya, una esclava de la que Al-Mutamid quedó prendado en ese mismo instante, y a la que llevó a su palacio e hizo su esposa hasta el fin de los días del rey de Sevilla, ciudad que la conoció como la Gran Señora, y que le acompañó hasta su destierro en Marruecos.
Esta historia, que es la cristalización del amor del rey poeta Al-Mutamid por Ishbiliya, a la que cantó como si fuera una hermosa mujer que había conquistado, tiene su propia banda sonora. La compuso José Font de Anta bajo el título de «Kasida de Almutamid». Se trata de una pieza inédita y desconocida, pero de una calidad abrumadora.
Cuenta su hijo José Ignacio Font, que la primera vez que oyó tocar a su padre el violín estaba precisamente interpretando esta pieza y se le quedó grabada a fuego para toda la vida. La música lleva ese sello romántico y a la vez fatalista, becqueriano, que acompañaba a José Font de Anta, a quien encontró su hijo sumido en la introspección que le caracterizaba desde el asesinato de su hermano Manuel. La música había muerto para él en 1936, al menos de forma pública. Porque, en casa, seguía siendo su vida. José prefirió vivir en un segundo plano, a la sombra del mito de su hermano, a quien la historia atribuye la gran mayoría de los éxitos que acompañan a los Font de Anta.
José Ignacio Font no encontraba la partitura de esta obra tan especial, así que se puso en contacto con José Gámez —el hijo de Gámez Laserna—, quien tenía las notas para piano y violín y que en algún concierto la había interpretado. De esta forma, cuando se casó su hija, José Ignacio quiso que su padre estuviera presente en la celebración, por lo que pidió a la orquesta que montara la pieza y fue él mismo quien la grabó (es el audio que acompaña a estas líneas).
Partitura de la «Kasida de Almutamid»
Partitura de la «Kasida de Almutamid»






De Machado a Saulo Torón

Además de las marchas más conocidas de la Semana Santa que tiene registradas a su nombre, y de esta «Kasida de Almutamid», José Font de Anta es el autor de piezas como «El jardín del misterio», «Por el río Guadalquivir», «Cactus», «El caracol encantado» o «Cante Jondo».
Se trata de composiciones que musicó para grandes poetas amigos suyos. El último de ellos, es un conocido poema de Manuel Machado.
Esta conocida pieza, probablemente elaborada al alimón por los dos hermanos, que vivían y trabajaban juntos, y a los que les unía una gran relación con Machado, fue grabada por laArgentinita. En 1947, a la muerte de Manuel Machado, el Nodo le dedicó un reportaje al funeral al que puso la música que se grabó en 1928.
Por su parte, «El caracol encantado» es un poema de Saulo Torón, poeta grancanario al que conoció José Font de Anta durante su estancia en las Islas, donde también encontró a la que fue su mujer. Junto al pintor isleño Néstor Martín-Fernández, formaron un triunvirato para hacer música y cuadro a los versos de Torón. Ahora, uno de los deseos de José Ignacio Font, en su afán por recuperar la memoria histórica de su padre, es que en Canarias se interprete esta pieza inédita.

«Cocidito madrileño»

A Manuel Font de Anta le visitaban en su casa de Madrid los más famosos cupletistas de la época. Allí vivía también José, con quien trabajaba mano a mano y de hecho, en muchas ocasiones firmaban sus composiciones simplemente con el apellido, sin el nombre. Es el caso del conocido cuplé «Cocidito madrileño», que popularizó Pepe Blanco y que también cantó Manolo Escobar.
Se trata de una obra de José, donde demuestra la versatilidad de quien lo mismo compone una marcha fúnebre, que le pone música a un poema flamenco de Machado o a un cuplé. Quizá sea éste el género del que más se despegó cuando murió Manuel.
Tan paradójica es su obra, que su composición más famosa, «Amarguras», se interpretó en plena Guerra Civil en el entierro del anarquista Durruti, en Barcelona. Así fue la vida de José Font de Anta, cuya producción sigue en parte guardada en un cajón cuidado, eso sí, como oro en paño por su hijo. El violinista apocado, genio y figura hasta la sepultura que, ironías del destino, recibió un día de los Inocentes.

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