El ataque contra Nuestra Señora de la Luz

Muchas fueron las ciudades y pueblos que, durante la década de los años 30, vivieron momentos de máxima tensión, especialmente concentrados en el período de tiempo que comprendió la Guerra Civil. Durante aquellos críticos tiempos, un buen número de comunidades hubieron de ver atacadas e incluso destruidas una gran cantidad de las tallas de gran arraigo devocional, lo que se tradujo en la pérdida de verdaderas obras de arte que, más allá de su calidad y relevancia dentro del mundo de la imaginería, no fueron otra cosa que incomprensibles agresiones hacia la religiosidad popular con el objetivo de herir profundamente las sensibilidades de la comunidad que tanto veneraba a sus imágenes.






Algunas de esas historias alcanzaron una gran fama, pasando a escribir esos negros capítulos de las memorias cofrades que todos conocemos. ¿Quién no ha oído o leído acerca de los escondites de la Macarena o de la Virgen de la Amargura en Sevilla? ¿Quién no sabe de la mítica salida procesional que convirtió a la Hermandad de la Estrella en “la Valiente”? ¿Es posible, acaso, no conocer los trágicos sucesos de los que fue objeto el malagueño Cristo de Mena?

En ese sentido y por fortuna, la capital cordobesa, aunque también sufrió las consecuencias de algún sinsentido, no hubo de lamentar tantas pérdidas como otros territorios. Así y todo, en alguna ocasión, se han dejado oír los tímidos testimonios que hablaban de escondrijos pensados para cobijar y ocultar al colosal Cristo de Gracia, señalado receptor de fe y cariño del pueblo cordobés. También ha habido quien hablase de la inquietud e incertidumbre que rodeaba a Nuestra Señora de las Angustias, a la que nuestra bella ciudad ya se había afanado en proteger, anteriormente, en otros convulsos momentos como los llegados con la invasión francesa que tan implacable se mostró con el templo de San Agustín, desde el que fue trasladado el magnífico grupo escultórico de Juan de Mesa, el cual fue conducido con premura a la Iglesia de San Nicolás de la Villa para permanecer allí un tiempo prudencial, huyendo del odio y la irracional animadversión.

Sin embargo, fue precisamente la joya cordobesa por excelencia la más desafiante con el clima de crispación política y social existente en el 36. En aquel momento, la Junta de Gobierno de la cofradía llegó al acuerdo de realizar su salida procesional a pesar de las poco propicias circunstancias. De aquel acontecimiento no dudó en hacerse eco el periódico denominado Guión en la fecha del 12 de abril de ese año en una nota de prensa titulada “Todo Córdoba presenció el desfile de la imagen”:

Conforme oportunamente anunciamos, el Viernes Santo a las seis y media de la tarde, fue sacada procesionalmente de la Iglesia de San Agustín la imagen de la Virgen de las Angustias que se venera en dicha iglesia.

Abría marcha en la comitiva una sección de los exploradores con su banda de tambores y cornetas.

Seguía la Santa Cruz y después unas largas filas de nazarenos encapuchados, luciendo ricas túnicas y bordadas dalmáticas.

Escoltaban la imagen que iba primorosamente adornada y lucía una espléndida iluminación, varios números de la Benemérita.

Cerraban la comitiva numerosos penitentes con cirios encendidos.

Todas las calles del itinerario estaban abarrotadas de público que presenció respetuoso el paso de la única procesión que ha desfilado en Córdoba durante la Semana Santa.

En el paseo del Gran Capitán el desfile de la procesión resultó emocionante. Los reflectores que habían sido colocados en los balcones de los Círculos Mercantil y Labradores, iluminaron la imagen, y el silencio emocionado de la multitud, era turbado de vez en cuando por los ayes hirientes de las saetas.

Cerca de las once de la noche regresó la imagen de la Virgen de las Angustias a su iglesia.

Más allá de los citados relatos, debemos hoy poner nuestras miras en una historia muy desconocida para la inmensa mayoría del conjunto cofrade. Para ello debemos transportarnos al escenario ofrecido por la emblemática Iglesia de Santa Marina, donde todavía a día de hoy se venera a la Virgen de la Luz de la que tanto hemos hablado recientemente, dada su reciente incorporación como cotitular de la Hermandad del Resucitado.

Es la Santísima Virgen esa enternecedora imagen situada en el retablo de la nave de la Epístola de la parroquia. Este, había sido en otro tiempo, según consta, un altar funerario fundado Pedro Mellado en el que figuraba la pintura de una Virgen bajo la advocación de la Luz y que daría lugar a la instalación de la cofradía que tantas líneas nos ha ocupado en la década de los años 20 del siglo XVIII, punto álgido de las hermandades rosarianas.

Algunas fuentes apuntan a que el retablo que hoy en día conocemos procedía de la extinguida Iglesia de San Sebastián, ubicada en el antiguo barrio de la Magdalena. La titular de la corporación, por su parte, llegaba al seno de esta sin hacerse mucho de rogar, previo encargo al hábil trinitario descalzo conocido como fray Juan de la Concepción.

Las primeras informaciones y documentos nos hablan de la hermandad rosariana de Nuestra Señora de la Luz, la cual llevaba a cabo la celebración de solemnes cultos y salidas procesionales con motivo de la célebre festividad de la Candelaria, mediante la que se festeja tanto la Purificación de María como la Presentación de Jesús, lo cual daba pie a la advocación de la Luz, en referencia a las clásicas candelas asociadas a la fecha del 2 de febrero.

Así pues, en ese día Nuestra Señora de la Luz recorría las calles de la feligresía que tanta devoción le profesaba, tal y como poníamos de manifiesto en anteriores publicaciones. En ellas, la titular llevaba a cabo su itinerario en la compañía de la talla de un San José que llevaba a sus pies una torta regada y dos pichones vivos, simbolizando la Presentación de Jesús. Formaban, además, parte del cortejo una representación del Ayuntamiento así como la Banda Municipal. Con el trascurso de los años, la Virgen de la Luz cobraría un renovado protagonismo al empezar a acompañar a la imagen de Jesús Resucitado el Domingo de Pascua, hecho que coincidiría con el declive de su propia hermandad rosariana.






La talla de la bella Virgen se corresponde en su iconografía con el prototipo de María Santísima sedente, asumiendo el papel de Madre de Dios al portar en sus rodillas al Niño. La escena se completa con una nueva referencia a su advocación que no es otra cosa que el cirio que la Madre sostiene en su mano derecha aunque, algunos análisis, parecen mantener que posiblemente la imagen llevase otro objeto tal como un estandarte o una vara, pues eso hace pensar un soporte del que aún se conservan restos sobre la nube que sostiene a la imagen.

A colación de los estudios y las comparativas hechas con relación a la imagen de Nuestra Señora de la Luz a lo largo del tiempo, estas – amén de las oportunas declaraciones – han permitido afirmar que la Virgen fue, también y en efecto, víctima de un incendio ocasionado en la fecha del 18 de julio de 1936.

Ese día tenía lugar una celebración llevada a término por la fiesta de la titular de la Parroquia de Santa Marina. El incendio, por fortuna, no pudo consumir a la hermosa Virgen de fray Juan de la Concepción, gracias a la decidida intervención del hermano mayor del momento, Rafael Flores González. No corrió la misma suerte el Niño que Nuestra Señora de la Luz portaba originalmente en su regazo, que fue lamentablemente destruido dejando un vacío que más tarde reemplazaría una imagen de nueva factura tallada por Pedro Martos, con la que la estética de la Virgen volvía a recuperar su armonía, dejando sumidos en el silencio el preocupante suceso que a punto estuvo de cobrarse una valiosa herencia de la imaginería cordobesa.

http://www.gentedepaz.es/el-ataque-contra-nuestra-senora-de-la-luz/

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