Que el que contamina pague

05 junio 2017

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Confieso que me llevan los demonios cuando, después de cada procesión o Semana Santa, veo a operarios de Inagra en cualquier calle por donde discurrieron los cortejos echando agua a presión días y días sobre los restos de cera que el paso de penitentes y su descuidado uso de las velas deja en la vía pública. A estas alturas del párrafo, el lector avezado habrá intuido que no me refiero a la tarea de higiene en sí, sino al desperdicio de medios humanos y materiales y al derroche del líquido elemento en épocas de sequía -como la que nos atraviesa- para pulimentar lo que fácilmente se podía haber evitado.

A la espera de que algún experto en los evangelios nos indique en qué capítulo o versículo de cualquiera de los cuatro evangelistas se indica la necesidad o conveniencia de llevar velas encendidas y -sobre todo- ir dejando el reguero de cera por todas las calles de Granada, uno recuerda la que le armaron a finales de los 80 al entonces concejal de la cosa Luis Castellón, porque tuvo la ocurrencia de pedir que cada vela portase un cucurucho que evitase la caída de la cera sobre la vía pública.

Aquello fue el anatema: algunos les faltó poco para equipararlo con el ‘anti-Cristo’ y el problema siguió adelante hasta nuestros días. En el tiempo transcurrido ya tenemos tasadas las consecuencias: caídas de viandantes y motoristas, efectos dolorosos que no parecen despertar la caridad cristiana en nuestros ‘capillitas’ rampantes, a tenor del escaso apremio que se imponen a la hora de solucionarlo. Con el agravante de que el ‘capillismo’ ha avanzado en su expansión y ahora pretende extender sus salidas más allá del estricto calendario de Semana Santa y el día de la Patrona. ¡Todo el año es Semana Santa!







El Ayuntamiento ha intentado restringir las velas, evitar la suciedad pero se ha encontrado una contestación desabrida, un anuncio de insumisión civil en toda regla. Y nuestras autoridades municipales han reculado: se retira la prohibición y se abre un periodo de diálogo en busca de un improbable acuerdo porque la ‘bajada de pantalones’ fortalece la posición intransigente de las cofradías. Es lo que tiene haber otorgado un ‘rol’ de poder fáctico a quienes no son un poder fáctico.

Dando por bueno el efecto positivo que las procesiones tienen para el turismo provincial (aunque muchos escépticos se pregunten cuánto mermarían los visitantes a la ciudad y sus atractivos si no hubiera procesiones en un periodo vacacional como es la Semana Santa. Miremos a cualquier puente y tiendo a pensar que tampoco es tanto lo que añaden…), lo que vengo a decir es que, muy bien, que salgan, que ocupen la vía pública, que tiren la cera, que ensucien… Al día siguiente se le envía a la cofradía en cuestión la factura correspondiente de la limpieza en base al principio universal de que quien contamina paga. Y que se vaya estudiando idéntica factura para Semana Santa si las propias cofradías no ponen remedio a la suciedad que generan. Lo de la mugre que aparece debajo de las tribunas cuando se levantan después de la semana procesional lo dejo para otro día…

http://www.granadadigital.es/que-el-que-contamina-pague/

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