Por qué el paso por San Francisco será tan especial para Expiración de Córdoba

05 abril 2017

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A escasos días de que dé comienzo la semana más esperada por el universo cofrade, la expectación parece crecer por momentos con la mente puesta en una ocasión con la que se volverá a hacer historia, alterando por primera vez en mucho tiempo de forma sustancial los recorridos que en poco habían variado en los últimos tiempos y por tanto ya teníamos sobradamente aprendidos y asimilados.

La Hermandad de la Expiración, al igual que todas, también se enfrenta a un cambio de relevancia que aunque este no pasa por la inclusión de la Catedral en su recorrido – lo cual ya era esencial para la corporación de San Pablo – sí comprende un punto cargado de significado con el que recordar unos orígenes y un pasado de devoción incondicional. Hablamos, por supuesto, del Compás de San Francisco.

Era a principios del lejano siglo XVII, concretamente entre los años 1605 y 1615, cuando se constituía una nueva cofradía en el convento franciscano de San Pedro el Real, actual Iglesia de San Francisco y San Eulogio, que tomaba para sí la advocación de San Diego y San Acacio. La recién creada hermandad se marcaba como objetivo principal destacar la figura de San Diego de Alcalá y con ello reforzar y extender la devoción hacia este importante miembro de la Iglesia, quien había residido en el Convento de San Francisco de la Arruzafa de Córdoba.

Desde sus comienzos, se dota a la corporación de un fundamento penitencial puesto que en ese período de la historia las cofradías que realizaban procesiones de disciplinantes cuentan con el favor y la aceptación de una gran parte del pueblo cordobés. En este hecho reside también la razón que explica que la hermandad escogiese una imagen pasionista como su titular que, como cabe deducir, se trataba del agonizante crucificado, de mirada elevada al cielo y marcado estilo barroco, al que ya en aquel momento – al igual que en la actualidad – se conocía bajo la advocación de Santo Cristo de la Expiración. Con Él vendría marcada una intensa devoción y vida de hermandad que se consolidaba con la estación de penitencia llevada a cabo durante la Semana Santa cordobesa.

Con esta dinámica, la cofradía desarrollaba una intensa actividad a lo largo del siglo XVII en el que, según la documentación hallada, siempre aparecería con el título de San Diego y San Acacio de modo que no sería ya hasta el siglo XVIII cuando cobraría mayor relevancia el Cristo de la Expiración, imponiendo su advocación de forma definitiva. Dicho cambio, vendría sólidamente respaldado por la creciente veneración de la que gozaba el crucificado, alcanzando una fama especial en los aledaños de San Nicolás de la Axerquía. Ese fervor se incrementaría aún más a partir del año 1673 a raíz de unos milagros que le fueron atribuidos al Santo Cristo, como se ha podido saber gracias a la conservación de un texto en el que se narra lo siguiente:

La capilla que se sigue es de el Santo Christo de la Espiración, imagen deuotísima de talla, de estatura natural; sácase por la ciudad en la processión de el Viernes Santo y el año de mil seiscientos y setenta y tres, passando por el portillo de los Calceteros, de una ventana cayó una niña de onze años, alborotóse la gente con gritería y más viendo que forçosamente caía sobre alguna persona, inuocaron todos el socorro del Santo Christo que estaua a la vista, y la muchacha no hizo daño a alguna persona ni ella se lastimó, antes sí quedó buena y sana sin la menor lesión, dando sobre las piedras del suelo.

La Cofradía de San Diego llegaría a procesionar – por llamativo que nos pueda seguir pareciendo – con un total de hasta cinco pasos en la Semana Santa, constituyendo una secuencia que quedaría de este modo: el Santo Cristo de la Expiración, Nuestra Señora de la Estrella, San Diego de Alcalá con la cruz, San Juan Evangelista y Santa María Magdalena.

A pesar del transcurso del tiempo – que a menudo conlleva valiosas pérdidas documentales y materiales – ha sido posible encontrar la información necesaria para componer el itinerario que la corporación realizaba en esos siglos pretéritos. Este partía, evidentemente, desde la Iglesia Conventual de San Pedro el Real, continuando por la Calle de la Feria, Arquillo de Calceteros, Calle Pescadería – encaminado hacia la Catedral –, la Calle Pedregosa, Plaza de la Compañía, Arco Real y Capitulares, regresando de nuevo a su templo a través de la Calle Librería.

Sin embargo, tras conocer períodos de auténtico esplendor durante el mencionado siglo XVIII, la hermandad del Cristo de la Expiración se sumiría poco a poco en otra época de decadencia que la conduciría hasta una actividad mínima llamada a culminar alrededor del año 1780. Ese declive se acentuaría aún más, si esto fuese posible, en las primeras décadas del siglo XIX, con el consabido agravante que supuso la invasión francesa, ya que las tropas forzaron a los franciscanos a abandonar el convento.

Definitivamente – y exactamente igual que ocurriese con la Cofradía de la Pasión, de cuya historia ya nos hicimos eco en anteriores publicaciones de Gente de Paz – la trayectoria de la Cofradía de San Diego o del Cristo de la Expiración encontró su final con la publicación en 1820 del reglamento del obispo Pedro Antonio de Trevilla, en el que quedaban prohibidas las procesiones en la ciudad de San Rafael, condenando a muchas a una inminente desaparición.

No obstante, el fervor al Cristo de la Expiración renacería en un nuevo a principios del siglo XX, exactamente en la fecha del 7 de abril de 1918, año de la reorganización que tuvo lugar catorce años después de que el Padre Claretiano Antonio Pueyo hiciese posible el traslado a San Pablo del Santísimo Cristo desde San Francisco, a pesar de que la imagen había seguido recibiendo culto tras la desaparición de su primitiva cofradía penitencial.

Así llegaba el resurgimiento de una devoción que no se resignaba a morir y desaparecer para siempre, mirando hacia adelante y saliendo reforzada aunque, desde luego, también dispuesta a traer al presente sus orígenes y su historia, tal y como tendremos la oportunidad de comprobar el próximo Viernes Santo al paso de la Hermandad de la Expiración por el entorno que fuera su cuna tiempo atrás.

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