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Madrugona 2017

16 abril 2017

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A las cuatro salí de la Catedral. Había visto el paso de la cofradía del Silencio y había escuchado los sonidos más rotundos de la noche. Música de capilla, martillo y palio de plata levantándose a hierro. El Señor del Gran Poder había disuelto la tiniebla con las llamas de sus ojos y de sus faroles. Volví a encontrarlo fuera. El ambiente en las gradas de la antigua Casa Lonja, hoy Archivo de Indias, me llamó la atención por su tranquilidad. Por fin la ciudad sosegada y en calma. Crucé la cofradía con comodidad y me instalé en la isleta central de la plaza para ver cómo la rodeaba el Señor. Cuando el paso se detuvo junto al torreón del Alcázar más cercano a la Puerta del León, me acerqué. Pero no pude llegar hasta allí. De pronto se descompuso el frontal de la bulla que estaba entre el Archivo y la Puerta del Príncipe de la Catedral, por la que yo había salido minutos antes. La masa de fragmentó tras un ruido inquietante. Gritos. Voces destempladas. La gente empezó a correr. Hice lo mismo de forma instintiva, sin pensarlo, para que no me cogiera la avalancha, pero en esos segundos de carrera -¿tres, cuatro?- dudé y me detuve. No podía dirigirme al rincón que forman la embocadura de la calle Joaquín Romero Murube y el arco que da acceso al Patio de Banderas. Los penitentes parecían una muralla con cruces. Aquello podía ser una ratonera. Al pasar junto al Triunfo, unos jóvenes que estaban en la escalinata empezaron a tranquilizar a todo el que pudiera escucharlos. Era la frase que se repetiría a lo largo de las dos horas del espanto. «No pasa nada». Me subí a un escalón y llamé a la radio. Entré en antena, en COPE, al cabo de un minuto. Lo conté en directo y me enteré de que las avalanchas se habían producido o estaban produciéndose en otros puntos de la ciudad. Un hombre mayor yacía, inconsciente, en el suelo junto a un banco en la zona de la isleta más próxima al Archivo. Estaba atendido por varias personas. Un hombre lo miraba atentamente mientras hablaba por teléfono. Al cabo de unos minutos que se hicieron eternos, el cortejo empezó a recomponerse. Los cirios en la lejanía, a la altura de Correos, volvieron a moverse. Cada uno hablaba por el móvil para preguntar o para tranquilizar a los suyos. Se contaban unos a otros lo que habían sentido. El Señor volvió a levantarse y se fue caminando. Nadie hablaba ya en voz baja. Los nervios se veían en los rostros turbados por la ansiedad. Aquello ya no era la Madrugada de Dios según Rafael Montesinos. La noche se había roto. El sevillano es el único animal que tropieza dos veces en la misma Madrugona.

http://sevilla.abc.es/pasionensevilla/actualidad/noticias/madrugona-2017.html

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