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La feria de la Semana Santa

17 abril 2017

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Como en todo, la histórica Semana Santa que a punto está de marchársenos de nuevo tras la salida procesional de la Hermandad del Resucitado, ha estado llena de contrastes aunque también ha servido a muchos para complacerse con algunos de los cambios de los que hemos sido testigos, siendo por supuesto el más reseñable, la significativa y anhelada estación de penitencia de nuestras cofradías por la Catedral.

Tal y como se podía prever, esa sustancial modificación en el itinerario oficial de nuestra Semana Mayor y la falta de experiencia en este contexto, se ha ido traduciendo en comentados tapones y parones en los recorridos de las corporaciones que progresivamente se iban acercando al entorno catedralicio.

Sin embargo, más allá de eso y de lo incomprensible y molesto de una, a priori, mala planificación del trayecto con respecto al horario a cumplir, existe una innumerable cantidad de aspectos que lejos de corregirse, parecen agravarse más con cada año que pasa.

Mucho se habla de la formación cuando se entrevista al hermano mayor de cualquiera de las hermandades cordobesas, tanto, que incluso uno comienza a albergar la esperanza de ver mejoras que deberían de materializarse en el día a día y, cómo no, en la estación de penitencia. Sin embargo, cuando los más pequeños – a veces esos “pequeños” llegan incluso a rondar los 15 años de edad – insisten e insisten en acosar al cortejo a la búsqueda incesante de cera ante la plena satisfacción de unos padres que, entretenidos sus hijos, pueden relajarse por completo, los nazarenos siguen accediendo a desentenderse de su penitencia, mostrándose incluso encantados de poder interactuar, respaldados por la pasmosa pasividad de los responsables, que llegan incluso a observar en numerosas ocasiones cómo sus filas se levantan el cubrerrostro cuantas veces estimen necesario.

No se reducen las faltas a ese clásico de la cera, sino que cuando uno es espectador se ve obligado a contemplar otra serie de sucesos frente a los que es mejor terminar por girarse o cerrar los ojos, pues ¿cómo es posible que un grupo de mujeres de mantilla, insisto, en plena estación de penitencia, aprovechen la detención del paso del titular al que se supone, profesan profunda devoción, para agarrar el bolso con la barbilla y emplear sin ningún tipo de remordimiento la friolera de cinco o diez minutos consultando su teléfono móvil? Más aún, ¿cómo es posible que esas personas encargadas de mantener “cierto orden” lo pasen totalmente por alto como si nada?

Ojalá las incoherencias se quedasen en ese ya de por sí dramático punto, en cambio, a todo lo citado hay que sumar los nazarenos a los que la salida procesional se les viene encima de un modo tal que no pueden sino dejar la bocina de su hermandad en el suelo – nadie les habrá explicado el valor patrimonial de su cofradía – o los que se permiten dar voces a todo aquel que pasa y les resulta conocido, total, el anonimato es un asunto menor.

El Jueves Santo por su parte, volvió a ser, previsiblemente digno de análisis por dos puntos sobre todo. El primero de ellos, llegaba de la mano de la procesión de la Hermandad de la Caridad, a la que cuando se tiene cierto criterio, se acude dispuesto a recrearse en la belleza conformada por el titular de la cofradía y la bella y discreta dolorosa que se postra a los pies de su cruz. No obstante y como cabe esperar por la locura que siempre se desata con los legionarios que tradicionalmente acompañan al crucificado, parece ser que hay que aceptar como “normal” que haya quien se haya esmerado en acicalarse en la mencionada jornada, permaneciendo sentado al paso del Señor y levantándose enérgica y exclusivamente con la llegada de la legión.

El segundo punto, me lleva a poner las miras directamente sobre la Hermandad del Nazareno, con la cada vez me embarga más la triste sensación de maltrato y desprecio a la que, pienso, la somete el pueblo cordobés, quien se muestra absolutamente incapaz de mantenerse en respetuoso silencio al paso de la corporación del Jueves Santo, llegando inclusive a enseñar a los niños sobre la marcha a elogiar la labor de los costaleros a voz en grito y reír orgullosamente cuando estos cumplen con sus absurdos deseos.

Una nueva muestra de ese rechazo – que no se puede interpretar de una forma que no se justifique con el desconocimiento y la ignorancia – es precisamente la carencia de costaleros con la que se ve obligada a recorrer la ciudad califal la citada hermandad, posiblemente porque el magnífico paso del Nazareno no porte la imagen de ningún romano a caballo o no lo escolte banda alguna. Afortunadamente, la solidaridad, el compañerismo y el sentimiento religioso que une al menos a unos pocos, hizo posible que la longeva cofradía a la que nos empeñamos en dar la espalda concluyese su recorrido de un modo ejemplar y con una actitud bajo sus trabajaderas que muchos quisieran para sí si supiesen de lo que hablamos.

http://www.gentedepaz.es/la-feria-de-la-semana-santa/

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