El Señor de la Ventana

20 abril 2017

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Dos turistas ante el Señor de la Ventana / J. M. SERRANOPor una celosía asoma Dios en San Esteban. Es una reja que divide al Señor en teselas de un mosaico que el aire puede atravesar. Una red del pescador Simón Pedro con la que Sevilla captura al Rey que porta como cetro un junco de la orilla turdetana del Tagarete. Es un cedazo que separa la paja volandera que pasa a toda prisa ante sus ojos del grano que se detiene a contemplar su realeza en estas horas de espera que anteceden a su proclamación. Tras esa ventana vive, como un vecino más del barrio, un inmigrante de Nazaret que llegó a Sevilla en un Buen Viaje y que padece las dentelladas de una ojiva que simula cada Martes el rugido furioso de un felino. Si Jesús pudo sobrevivir al suplicio del flagelo, a la coronación de espinas, a las ataduras de sus muñecas, a las tres caídas en su ascenso al Gólgota, a las llagas de los clavos y de la lanza de Longinos, a la cruz y al desprecio de sus hijos, ¿cómo no va a salir indemne del colmillo voraz de Sevilla?

Por ese enrejado mira el mundo cada día, sentado sobre el sitial del pretorio, un Hombre con lágrimas de cristal que llora su quebranto para limpiar con sus lágrimas nuestras manchas. El Señor de la Ventana, que es como lo llaman los que lo conocen de toda la vida, apenas habla. Está ahí quieto, exactamente en la nave de la epístola del templo gótico, después de haber hecho la peregrinación más larga de la Historia. Observa sin inmutarse la indolencia de los que pasan de largo y la devoción de los que se agarran a los hierros para ver de cerca su tormento. Y a los que se marchan de los muros de la ciudad los despide con un saludo que no ha cambiado en siglos: «Salud y Buen Viaje».

El tiempo de Cuaresma transcurre raudo por las costanas, estrechando la vida, sin que la despedida de Dios resuene en nuestra rutina. Porque nuestras cabezas tienen más terracota que la del Señor, que ha abandonado su alféizar para exclamar su penuria desde lo alto de su paso, cohibido por la gesticulación borde de uno de los sanedritas que lo condenan y por la impasibilidad de los dos sayones que lo acompañarán en su itinerario hacia la muerte. El Cristo de la celosía se irá, en su largo éxodo de dos mil años desde Tierra Santa a esta santa tierra, para hacer de nuevo su viaje final al agujero negro del maltrato que antecede al vergel de la Resurrección. Pero nosotros no le volveremos la cara siquiera para desearle Salud en su caminar. Nada. El vecino más antiguo de San Esteban ha salido de su casa y la costumbre no nos permite darnos cuenta de su ausencia. Pasamos por su ventana sin saludarlo. El ritmo del mundo nos ha vuelto maleducados. Vamos tan deprisa que en una sola zancada queremos andar dos milenios y no tenemos el detalle ni de darle las buenas noches. ¿No va a llorar, si su pena no se acaba nunca? Nos ha salvado dando su vida por nosotros, nos ha enseñado el camino de Dios, nos ha consolado con el anuncio de la vida eterna y nos ha permitido ser quienes somos. Pero se ha ido de su ventana y sólo se han dado cuenta dos viajeros que van de paso. Por eso su Madre es María de los Desamparados. Porque eso es lo que somos: hijos inhabitados que vivimos tras las rejas de la apatía.

http://sevilla.abc.es/pasionensevilla/opinion/la-opinion-de-alberto-garcia-reyes/el-senor-de-la-ventana-89588-1455669405.html

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