Cogida con alfileres

12 abril 2017

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El mediodía está cogido con los alfileres que le clava la luz al Cristo del Desamparo y Abandono. Esa imagen fascina al dramaturgo Salvador Távora. El vértigo cenital de esa luz se cuela por las rendijas que deja el follaje de los árboles. Afán de Ribera es un túnel de sombra, una galería vegetal que sirve de parasol para la bulla que espera el paso de la Virgen. El palio enfila la calle principal de su barrio. Vuelan palomas como aplausos. La emoción se desborda y se contiene al mismo tiempo. Al llegar al Prado, los termómetros marcarán la edad de Cristo, o sea, 33 grados centígrados. El barrio respira a través del pulmón de la cofradía. Fusión total.

En la esquina que lleva el nombre de Paquili -para el nomenclátor, Francisco Carrera Iglesias- un hombre que espera pacientemente le da la vuelta a los titulares de la Semana Santa. En el puesto ambulante donde se venden cornetas de juguete y tambores de plástico, una foto del Señor del Gran Poder. El buen hombre le dice a su mujer que la estampa es del Cristo de los Gitanos. El cronista está a punto de intervenir para deshacer el equívoco, pero algo lo frena. Una pregunta que va más allá de la Semana Santa propia de aficionados. ¿Acaso no es el Gran Poder el Cristo al que también le piden sus cosas los gitanos, como el Señor de la Salud es nuestro Señor? ¿Desde cuándo se alzan muros y barreras para dividir el cristianismo en guetos?

El Cerro rompió las fronteras de la distancia hace casi treinta Martes Santos. Nada es lo mismo desde que sentimos en el corazón el mismo dolor que expresa el centurión romano. Ojalá pudiéramos quitarnos el casco de la culpa, ojalá pudiéramos ejercer la virtud del perdón con quien más lo necesita. Ojalá pudiéramos perdonarnos a nosotros mismos.

Los alfileres de la culpa duelen tanto como los que se clavan en un retrato -el padre de un amigo- que está situado a la izquierda del cronista mientras escribe estas líneas rectas. No vamos a enredarnos con las barrocas volutas de la retórica. Vamos a seguir con la verdad por delante.

La Semana Santa está cogida con alfileres, como ayer se demostró a primera hora de la tarde. El entorno era el ideal. Murallas, torreones, triunfos, arbotantes, sebkas, ojivas, sillares para apoyar las sillitas de los chinos. El Renacimiento en la antigua Casa Lonja y el Gótico catedralicio, la femenina carne almohade de la Giralda y un cielo limpio de nubes. El Cristo de la Buena Muerte con ese sol en el pecho que un día vio Lorca cuando se encontró con la belleza antes de llegar al Alcázar donde lo esperaba Romero Murube. El Crucificado magistral de Juan de Mesa llevaba un sol en el pecho sin aire. Literalmente. Sin embargo, todo a su alrededor era impostado. Turistas refugiados en la sombra, un vendedor ambulante voceando el agua y los refrescos, un ambiente de parque temático o de tablao. Nada que ver con lo que sucedió poco antes en El Cerro. Cogida con alfileres pasó la Virgen de la Angustia. Una marcha fúnebre ajena a la hora y al público que la fotografiaba con el móvil. Antes le habían tocado «Soleá dame la mano» mientras los turistas que hacían cola para entrar en el Alcázar permanecían ajenos al portento. Lo dicho. Una fiesta que sigue presa -siempre lo estuvo- de esa inestabilidad que pretendemos conjurar con la memoria que todo lo fija.

Mientras escribe el cronista, la banda que precede a la cruz de guía le pone un fondo de cornetas y tambores al escritorio. Ahí abajo, en la Alfalfa, estarán los nazarenos blancos de la Candelaria. Suena la música a la derecha mientras el retrato de un hombre bueno reposa en una librería a la izquierda. Dieciocho alfilerazos en el marco de la foto con otras tantas cintas moradas del besamanos del Señor. Ya lo hemos escrito muchas veces, y lo seguiremos haciendo mientras la vida nos lo consienta: la Semana Santa es memoria o no es nada. Memoria de la Calzá y del barrio de la Viña en ese amigo que sale revestido de morado y blanco en San Benito. Memoria del Cisquero en el nieto de un carbonero que le enseñó el secreto mejor guardado de la ciudad antes de que el niño creciera y se convirtiera en uno de sus historiadores: hoy sale de nazareno en esa cofradía ejemplar de Los Javieres. Memoria del padre en el retrato donde no habita el olvido, que el Señor es el antídoto que cura el mal de la desmemoria.

Memoria que van fabricando, sin saberlo, Gonzalo, Manuel y Fernando, los tres niños que ya buscan los ciriales tras el senatus con su divina impaciencia. Como la de aquel niño al que su padre le decía, ante la Virgen del Dulce Nombre que ayer salió cuando el sol era un recuerdo, la frase que aún lo estremece. Si es así de guapa, sólo puede ser la Madre de Dios. Y la memoria literaria en los dos ejemplares del libro de Núñez de Herrera que reposan en el escritorio prestado. El original de 1934 y el que recuperó Ortiz de Lanzagorta en 1981.

El Cristo de la Salud cruzó la Alfalfa como un suspiro, como una evocación de aquellas tardes de sol y de infancia que no volverán, o que lo harán para dejar sus espinas sobre la frente. Desde arriba, el gesto del Señor adquiere otra dimensión. No está hecho para verlo desde las alturas. O sí. Vayamos en corto y por derecho. Para acercarse a Dios no hay que elevarse, sino todo lo contrario. Buscarlo desde el suelo de nuestras miserias, de nuestras dudas. Sólo desde ahí podremos asomarnos a los ojos que nos buscan. Ternura infinita en esa manera de girar el cuello. Luz atardecida que dora el verdor de los árboles, de los capirotes que buscan el origen de su cartón o su rejilla en la Alcaicería.

Pasa la Candelaria entre una multitud que llena la Alfalfa y las vías adyacentes, vulgo bocacalles. Petalada, chicotás que apenas ganan metros al recorrido de ida, «Pasan los campanilleros»… Recuerdos que se van acumulando en el costado, y esa despedida que a fin de cuentas es el motivo que retorna a cada momento y que va vertebrando la Semana Santa. Cruz Roja tras el palio que se aleja como un día hiciera quien nos enseñó a verlo. Llega la cruz desnuda que abre el camino de la cofradía que regresa a la calle Feria. Los Javieres le ponen al Martes Santo esa nota de ruan que remachan los nazarenos de Santa Cruz. Severidad andante de este Crucificado que camina con una solemnidad acompasada digna de su nombre: el Cristo de las Almas apenas pisa el suelo. Canasto neobarroco dorado que contrasta con el morado penitencial de los lirios.

Antes de llegar a la Alfalfa, tres furgones policiales se abren paso entre la bulla para cruzarla. Se rompe el cortejo y se suspende el aire que trae la cofradía. Se fueron y no hubo nada que se percibiera desde el privilegiado balcón. El extraordinario San Juan que acompaña a la Virgen de Gracia y Amparo pasó con su mano reparada a los sones de «Nuestro Padre Jesús» y de «Tus Dolores son mis Penas».

Antes de dejar la Alfalfa, ya estaban los nazarenos celestes de San Esteban entrando por la otra parte. Horarios apretados como la bulla. Todo cogido con esos alfileres que son los pilares de esta fiesta tan frágil que cuenta su historia por siglos.

Control absurdo
Que los distintos poderes han querido controlar la Semana Santa desde sus orígenes es algo que ya sabíamos. Así nació, por ejemplo, la carrera oficial. Ahora se ha puesto de moda el control del público en los lugares emblemáticos. Para asomarse al Postigo del Aceite hay que enseñar acreditaciones y situarse en un punto concreto. Imposible dar unos cuantos pasos para ver cómo un palio sale del arco. Como si uno, a sus años, no supiera ver cofradías. ¡Y la calle casi vacía! Todo sea por el control. Francos era un desierto al paso de la Amargura. ¿Entonces para qué salen las cofradías? Mucho celo policial que coarta e inhibe a quien quiere ver una cofradía como Dios y la tradición mandan. Eso de impedir que alguien se sitúe en una acera donde hay huecos evidentes es algo que deberán explicarnos algún día los que quieren controlarnos a cada momento. Y que no vengan con el cuento del alfajor de la seguridad. Porque si hay algo peligroso en las bullas, es el exceso de esas vallas que convierten una calle en una ratonera. Pero ya se sabe que el control es el control. Y que el poder es el poder.

http://sevilla.abc.es/pasionensevilla/opinion/la-opinion-de-francisco-robles/cogida-con-alfileres-110559-1491985495.html

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