El exilio oportuno

25 marzo 2017

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Resultado de imagen de llamador sevillaMe cuentan que en Sevilla se marcha el invierno sin apenas haber pisado las calles. O eso o el otoño, terco, se agarró a la Navidad para ver pasar los días contagiándonos a todos, embaucándonos para esquivar el calendario, para retorcerlo, en una suerte de salto cuántico que olería a naftalina si no fuera porque incluso el azahar hace días que se echó a la calle. La primera Virgen se vistió de hebrea en plenas rebajas de enero. No es que el tiempo se haya vuelto loco, es que los sevillanos hemos terminado por volver loco al tiempo.

Aún con el sabor de los polvorones en la boca se escuchaba la llamada seca de un martillo en la madrugada, costaleros volviendo a casa con calefacción y edredones en la Semana Santa más tardía que muchos recuerdan. La teoría de cuerdas explica las fuerzas que unen la materia y aquí agarran el tiempo al canasto de la Carretería y no hay más que hablar. He visto cosas que no creeríais, naves ardiendo más allá de Orión, chavales con un costal cuando aun los Reyes estaban comprando purpurina para la carroza. Ha llegado la Cuaresma y yo pensaba que llevábamos toda la vida en ella.

En el agujero negro de Sevilla, como la luz se escapa a dentelladas, es el tiempo el que permanece secuestrado. La víspera es un fin en sí mismo, no es espera de nada. Es un contador hacia atrás que celebra cada número como si fuera el destino final, un despertador que en realidad nos adormila para que todos los días sean el mismo. No hay forma de sustraerse a ello, la saturación empacharía hasta al Pali, harto de las mismas papas aliñás cada día, sin observatorio que las proteja.

Nos hemos convertido en adictos, consumidores descontrolados, apóstoles de la desmesura, ebrios de metadona en forma de foto, yonquis enganchados al concierto de la semana, incienso en vena con el Belén puesto. Locos y felices, oliendo a cera en agosto y en diciembre. Cada minuto. Demasiado para uno que se crió buscando una página en ABC durante la Cuaresma, que antes duraba cuarenta días.

Sevilla, vivir lejos de ti se ha convertido en un bálsamo. Crees que soy un cobarde, y yo que soy el más valiente. Sé del veneno que guardan tus magnolios. Puedo amarte porque sé cómo se vive sin ti, la más desleal de todas las ciudades. El síndrome de abstinencia no se me pasa del todo: a veces revive con un mensaje, un boletín en el buzón, una estampa y unos versos perdidos. Es tu tacto sin tu piel. Tu alma sin tu cuerpo. Me da para saborear lo que habrá de venir. “No quiero que llegues, quiero oírte llegar”, y con tanto ruido no oía nada. Abrazo el lujo de adorarte y no tenerte, que no es otro que el de paladear el tiempo, respetar la liturgia de las pequeñas cosas. Y de soñar.

http://elcostal.org/el-exilio-oportuno/

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