Historia de una revolución inacabada

25 febrero 2017

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Que la Semana Santa de Córdoba ha experimentado una indudable revolución en las últimas décadas es un hecho incuestionable que cualquiera que haya superado la treintena puede demostrar simplemente repasando su propia memoria atesorada. Rememorando, por ejemplo, aquellos Lunes Santos viendo a la Merced avanzando por Ollerías o el cortejo del Nazareno por la Plaza de Colón camino de Isabel la Católica, o los nazarenos del Cerro regresando a su barrio con menos público del que congrega hoy cualquier ensayo de costaleros, o la mismísima calle Cruz Conde repleta de sillas vacías y miles de huecos detrás, al final de aquel engendro que algunos llamaban carrera oficial, con minúscula, siempre con minúscula… Eran tiempos en los que el palio liso parecía que se perpetuaría hasta la eternidad bajo el cielo de nuestros lamentos y de los que es más que suficiente rescatar las fotos de algunos de los misterios de la época, no quiero nombrar a ninguno para no herir susceptibilidades, para contrastar que la calidad escultórica, en la mayor parte de ellos, brillaba por su ausencia.
Como les decía, negar la evolución que ha experimentado la Semana Santa de Córdoba sería una locura, además de una injusticia con varias generaciones de cofrades que pelearon con molinos de viento para lograr avanzar por una senda que entonces parecía una utopía. Es cierto que en ocasiones las prisas fueron malas consejeras y determinaron que ciertas cosas se hiciesen con más premura de la debida y que algunas de las soluciones aportadas fuesen manifiestamente mejorables, de ahí que haya que volver a sustituir ahora lo que se sustituyó entonces, por no abordar obras con la calidad suficiente para tener vocación de permanencia. Como lo es que difícilmente podían pedírseles peras al olmo en una época en la que la carencia era la seña de identidad de toda una Semana Santa. Por cierto, algunas hermandades siguen empecinadas en hacer las cosas corriendo en lugar de hacerlas bien, y dentro de unas décadas, cuando veamos sustituir palios recientes, perfectamente prescindibles, por otros realmente importantes, el tiempo terminará por darme la razón.
No obstante, cuando una repasa el punto en el que nos hallamos, en ocasiones da la sensación de que en algún momento de la historia alguien se olvida de remar. Y tal vez la evolución de nuestras cofradías no se haya desarrollado equitativamente, toda vez que algunas de nuestras cofradías se encuentran en puntos que difieren muy poco de su realidad de hace 30 años. Somos muchos los que a la hora de hablar de cofradías tenemos la firme creencia de que a algunas de estas hermandades les ha faltado cierta valentía y al mismo tiempo ciertas dosis de autoexigencia.
Valentía que se ha echado en falta en hermandades como el Esparraguero a la que le sigue faltando un paso de palio detrás del poderoso caminar del Cristo de Gracia, paso de palio del que muchas veces se escucharon rumores incluso asociados de vocaciones concretas… Guadalupe se decía en una época, por las connotaciones mexicanas de advocación y crucificado. ¿Quién se atreve a rescatar este sueño?. Valentía que muchos echamos en falta en San Jacinto para esbozar un elegante y sobrio palio para la Virgen de los Dolores que nunca se llegó a plantear, no porque su palio sea “el cielo de Córdoba” como poéticamente muchos cofrade servitas han repetido hasta el hartazgo, sino sencillamente porque físicamente no era viable, teniendo en cuenta la salida (o la no salida) que durante décadas y décadas tuvo la cofradía; tal vez ahora sea el momento adecuado para hacerlo y un artista consagrado como Rafael de Rueda, la persona indicada para afrontar un reto de semejantes características.

Valentía de la que han adolecido hermandades como la Soledad, incapaz de avanzar en un barrio conquistado por su hermana del Domingo de Ramos, que se ha quedado pequeño para abarcar dos cofradías y que debería encontrar su acomodo natural en la Parroquia de Guadalupe, anexa al Colegio Franciscanos. O El Císter, que abandonó su convento por las cosas del destino y ha sido incapaz de plantearse que no pinta nada en Capuchinos, aunque se enfaden cuando se les dice, que es imposible crecer compartiendo espacio físico con dos de los trasatlánticos de la Semana Santa de Córdoba y que su sitio ideal podría estar perfectamente en un barrio joven, a imagen y semejanza de lo que hicieron la Estrella o la Cena con evidente éxito… ¿se imaginan en qué se convertiría una hermandad con este potencial floreciendo en el vergel de un barrio joven y acomodado, pongamos el Arroyo del Moro?. Hay quien dice que están esperando a que el convento del Císter termine de quedarse sin monjas para explorar las posibilidades de regresar a la que un día fue su casa pero el problema seguiría siendo el mismo, un barrio con escasísimas posibilidades de crecimiento. Como barrio sin crecimiento es en el que habita el Perdón, hermandad que emigrando al extrarradio podría también tener por delante un universo lleno de posibilidades teniendo en cuenta el excelente trabajo desarrollado por la junta de gobierno que con tanto acierto dirige Fernando Castro. Llámenme loca o atrevida, pero creo firmemente en que las posibilidades de crecimiento para estas y otras cofradías son directamente proporcionales a la valentía de las personas que las dirigen. Y que todas ellas tienen los condicionantes suficientes para convertirse en referentes indiscutibles de nuestra Córdoba Cofrade.
Y esta ausencia de valentía no se circunscribe en exclusiva a estudiar posibilidades de crecimiento, sino también a limitar la presencia en nuestras calles de elementos que poco aportan a nuestra realidad actual y a los que, bien Obispado, bien Agrupación, deberían poner coto, como hicieron en el pasado en determinados episodios concretos, que en algunas cosas hemos desandado camino, pregunten en la Santa Faz por lo que ocurrió con su titular primitivo. Los pasos en los que salen a la calle los titulares de la Universitaria, por ejemplo, no son tolerables, se mire como se mire, impropios para nuestra Semana Santa y sobre todo impropios para que en ellos se entronicen dos imágenes maravillosas. Me consta que la hermandad tiene entre sus proyectos inmediatos subsanar este enojoso asunto, pero mientras esto no ocurra, sencillamente alguien debería impedir que semejantes artilugios que algunos llaman pasos salgan a la calle en Semana Santa. Es urgente que el hábito nazareno de hermandades como la Paz sea sustituido de inmediato, porque el actual, en las condiciones en las que está, es indecoroso, por catalogarlo de manera suave; el cortejo de la Paz parece más la serpiente multicolor de la Vuelta a España que una cofradía. Los acólitos no pueden ir jamás cubiertos, por definición y por lo que representan y lo contrario no es más que fruto del desconocimiento, por mucho que algunas tradiciones rancias defendidas por individuos aún más rancios defiendan lo contrario. Y el Señor de la Caridad… en fin, ¿qué quieren que les diga?… una banda por Dios, una buena banda a la altura de esa joya, que sepa que eso que los legionarios llevan en la mano es una corneta, y no me refiero a los gastadores, esos si quieren déjenlos detrás haciendo los malabarismos que quieran, que a mí, si el Señor caminase con una banda de verdad, ni me molestarían… Y así podríamos seguir un buen rato, poniendo negro sobre blanco múltiples carencias de urgente solución que no se resuelven por ausencia de valentía o peor aún, por desinterés o desconocimiento de quienes mandan.
Tal vez algún día, quizá con la llegada de esas nuevas generaciones que tan formadas parecen, alguien se atreva a coger todos estos toros por los cuernos y devolverlos a chiqueros, posibilitando de este modo que aquella auténtica revolución que se inició hace treinta años, terminé de cerrar el círculo.

http://www.gentedepaz.es/historia-de-una-revolucion-inacabada/

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